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Los timadores se distinguen del comerciante justo en comportamientos y acciones ilegales; no tienen apellidos, ni número RUC, ni dirección conocida, pero pueden ser vistos en las afueras de las tiendas de conveniencia, supermercados, paradas de buses, cines y parte exterior de grandes comercios, abordando a sus víctimas con gran verbosidad y psicología mediante ofrecimiento amable de variedad de productos: perfumes, relojes, prendas, camisas, pantalones y anteojos, entre otras mercancías.

Instalados en lugares estratégicos con amplio ángulo visual, se preparan como águilas tras de su presa: amas de casa, profesionales, diplomáticos y cooperantes. Para cada tipo de persona analizada una leyenda creíble, ya sea que obtengan el producto “fino” de un país fronterizo, en la aduana, en zona franca, acabando de bajar mercadería del furgón o un familiar en el extranjero.

Observan cuidadosamente a la persona que abordarán, evitando personas perspicaces y desconfiadas; se acercan sigilosamente y acometen la embestida con información de todos los productos mostrados, detectando por la mirada cuál es el producto que más interesa a la víctima. Si duda de la calidad del producto, entra al relevo otro personaje para consolidar la leyenda, ya sea ampliando las cualidades del producto o nombres de personas que le han comprado.

Trabajadores de los establecimientos donde operan miran a la víctima con lástima; si ésta logra captar el lenguaje no verbal, no continuará la compra, sino, pagará por su error horas o días después al enterarse que el perfume solo era alcohol, el reloj réplica de mala calidad, camisa de segunda, bien arreglada y planchada, adornada con papel fino y transparente utilizado en zona franca.

Al preguntarles sus nombres se llaman “José” y “El Negro”; se jactan de sus timos mercantiles y dan una lista de personajes del deporte, la farándula y vida política a los cuales han hecho pasar momentos desagradables; se ríen, lo que reafirma lo consciente que están de sus acciones, del timo de poca monta y consecuencias legales.

Son profesionales en manipular el ego de personas, en uso del regateo como herramienta para cerrar el trato, para finalizar una bolsa vistosa de marca y una palmada en el hombro para fortalecer la confianza del comprador.

Qué impotente se siente el ciudadano al saber que lo timaron. Todo fue una mentira, que desata enojo y rabia sin poder hacer alguna acción legal, porque el monto de lo timado no pasa de ser una falta penal y no estamos para otra vergüenza. ¿Quién tiene la culpa, el embaucador que trabajó el ego de la víctima muy eficientemente o la víctima que con muchas dudas y temores se deja embaucar?

 

* Abogado y policía retirado.

erickj_brenes@hotmail.com