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Nicolás Maduro no es el sucesor de Hugo Chávez. El vicepresidente venezolano será, seguramente por bastante tiempo, solo un sustituto, un reemplazo, mientras que un sucesor, aunque sienta el máximo respeto por la obra de su antecesor, es alguien definitivo que acumula responsabilidades propias. Pero la transformación de sustituto en sucesor no está hoy ni siquiera en lontananza.

El ascenso del sustituto se ha producido peldaño a peldaño: sindicalista, constituyente, diputado, ministro de Exteriores y, finalmente, designado vicepresidente, pero solo cuando ya el cáncer devoraba al líder bolivariano. Un fiel mastín, que se suma devoto al culto del presidente enfermo, con lo que el colectivo chavista trata de crear un duopolio religioso: Alá y Mahoma su profeta.

Pero también, como dice su biógrafo, Alberto Barrera, se está convirtiendo al líder en una mercancía, “con el lanzamiento oficial del fetichismo del siglo XXI alrededor de su figura”. El presidente colombiano, Álvaro Uribe, también creyó estar ungiendo a un sustituto, Juan Manuel Santos, pero no tardó en comprobar que el actual mandatario era un sucesor de cuerpo entero, dispuesto a escribir su propia historia.

Ni Maduro ni su presunto rival, el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, cumplen la primera regla del decálogo del líder populista -entre los que Chávez es un ejemplo de libro- tal como lo ha formulado el escritor mexicano Enrique Krauze: “Gobierna por la palabra, que es el vehículo específico de su carisma”.

No significa eso exactamente que Chávez hablara bien, sino que era capaz de apoderarse de la palabra hasta convertirse, sigue diciendo el autor, en “la agencia de noticias del pueblo”. Y tanto Maduro como Cabello no es que hablen mejor o peor que Chávez, que eso es irrelevante, sino que no tienen nada que decir fuera de lo congelado en las Sagradas Escrituras del chavismo. Lo que dijo e hizo en cada circunstancia el líder máximo. La Sunna chavista. Y de que haya sustituto en vez de sucesor pueden deducirse consecuencias para el bloque bolivariano y toda América Latina.

Los hermanos Castro en Cuba, aun jugando la opción Maduro ante la eventualidad de que Chávez no pudiera volver a Miraflores, saben de sobra que nada volvería a ser lo mismo. En lo económico es cierto que no habría cambios inmediatos, pero a la larga no está claro que el nuevo líder pudiera mantener la extrema largueza con Sudamérica y el Caribe que, según la oposición, le ha costado ya a Venezuela 52.000 millones de dólares hasta 2010.

¿Mantendría, por ejemplo, el vicepresidente el compromiso de avalar la ampliación de la refinería de Cienfuegos, para tratar el mismo crudo que Caracas le regala al castrismo? Pero es, sobre todo, en lo político donde la cobertura puede flaquear. ¿Sería capaz Maduro de forzar la asistencia de La Habana a la cumbre de las Américas en 2015, o en su defecto torpedear su celebración? Como escribe el castrólogo Arturo López Levy, no sería el descalabro que causó la defunción de la URSS, “pero sí que un margen de incertidumbre se avecina”.

El nicaragüense Daniel Ortega precisa seguir recibiendo anualmente los mil millones de dólares con que cuadra el presupuesto y beca a suficiente número de votantes para redondear su presidencia. Diferente es el caso de Rafael Correa en Ecuador, cuyas arcas, gracias a la alta cotización del crudo, han ingresado desde 2007 unos 90.000 millones de dólares, un 60% más que en los siete años anteriores bajo mandatos que el presidente tacha de “oligárquicos”. La tentación para Correa sería, diferentemente, no reconocer la transubstanciación del sustituto y pujar por la sucesión, aunque Quito siempre será precaria base para ello.

El caso del líder boliviano, Evo Morales, con los ricos recursos naturales del país, se asemeja al anterior, aunque en su caso podría perder una cierta cobertura internacional, en la medida en que, mientras todas las miradas estaban fijadas en Chávez, le era más cómodo llevar adelante la pachamización de Bolivia, algo que sería más difícil con Maduro.

Y, por último, Colombia, que, aunque ajena al club bolivariano, puede recelar que las FARC no sientan el mismo temor de Dios ante el sustituto y ello afecte al proceso de paz.

Chávez ha tratado siempre a su acólito como a un adolescente. Le reprochaba amistosa y paternalmente los submarinos, gigantescos emparedados con que, glotón, se alimentaba. La receta más contraindicada si lo que se quiere es formar un sucesor. Sin Chávez, el chavismo probablemente permanece. Pero está claro que necesita otro profeta.

 

* Editor de El País, España.