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Sobre los recientes sucesos acaecidos en La Paz Centro y en un barrio de Managua, que han tenido un alto impacto en la opinión pública nacional, hay diversos comentarios sobre las causas y características del fenómeno; comparto con ustedes algunos puntos de vista. Veamos el caso en tres momentos de naturaleza distinta.

Por un lado, la actuación policial en donde una patrulla policial ante un hecho simple, sin ninguna complejidad, responde con exceso y provoca la muerte de un joven en occidente. Un caso rutinario no requiere preparación especializada, ni medios técnicos complejos ni largo entrenamiento. En un hecho como el ocurrido, el peso fundamental de la actuación recae sobre el individuo policía, sin que implique esfuerzos extraordinarios ni medidas especiales. Es una actuación básica de procedimientos previsibles. Entonces la pregunta que surge, desde la distancia que me separa del hecho es: ¿por qué el uso “desproporcionado y contundente” de la fuerza policial? La respuesta se encuentra en el concepto de “fuerza policial” que incluye aspectos físicos (personas y técnica), éticos y legales. En el primero, dado que ya dijimos que es una actuación de carácter simple, sin peligrosidad, prevalece el aspecto humano, el policía mismo, resolviendo un problema ordinario.

Ese policía, se comporta, reacciona independientemente de su formación, cuando se encuentra sometido a largas jornadas de trabajo, desvelado, cansado, sin contar lo relativo a sus relaciones laborales y familiares, de manera naturalmente impulsiva, a la defensiva.

Es probable que, bajo esas circunstancias, ante cualquier provocación, desde la posición de poder que tiene, actúe injustificadamente con agresividad. ¿Cuál es el nivel de motivación personal de esos policías, el cansancio al que habían estado expuestos durante el último mes, por ejemplo, su problemática socioeconómica? Todo eso resulta inseparable de su actuación, porque no es mecánica, es humana, sujeta a las reacciones humanas.

El otro componente es el carácter “ético-moral”; nos referimos al prestigio y autoridad que la autoridad policial tiene ante quienes actúa. Si es alto, requerirá menor fuerza, es posible que con relativa facilidad persuada para solucionar un problema. Si, por diversos factores, esa autoridad o prestigio moral se ha deteriorado (falta de comunicación con la comunidad, percepción de corrupción, abusos frecuentes, incremento de desconfianza), entonces, es probable que los niveles de “resistencia” ante el uso de la fuerza policial aumenten.

Todos conocimos, desde los medios de comunicación, y visiblemente en la calle, el operativo que la Policía desplegó en ocasión del XXIX Aniversario, desde fuera, se aplaude el esfuerzo y sus resultados. Pero, desde mi conocimiento de las implicaciones internas, me surgió una vieja preocupación que recientemente me expresaron policías en servicio en la vía pública. ¿Sabemos que esos planes se ejecutan con los mismos policías, implica prolongadas jornadas de trabajo bajo condiciones de intemperie, Sol, lluvia, limitado descanso y alimentación insuficiente, muchas veces sin capote ni bloqueador solar para proteger la salud? Durante días, es posible que los policías se alejen de su familia. ¿Qué otras consecuencias trae eso en su vida personal?

Desde el servicio policial operativo, los mandos suelen ordenar que se cumplan y desarrollen ciertos operativos, y el personal está allí, obligado por las circunstancias, bajo el alto riesgo que la calidad de la actuación sea defectuosa y ante hechos, incluso simples, se provoquen daños injustificables y lamentables contra los ciudadanos y en ellos mismos.

Hay que ver, en los casos concretos de La Paz Centro y Managua, estas condiciones. No me cabe duda que la raíz del problema, más que en la “selección o entrenamiento insuficiente”, estaba en las condiciones de agotamiento humano y motivación personal, que provocan reacciones pasivas o agresivas y desproporcionadas.

La solución no es SOLAMENTE MÁS POLICÍAS, ni SUSPENDER los necesarios y selectivos operativos basados en objetivos racionales y precisos. La atención debe estar en que el crecimiento de la Policía sea sostenible y complementado con las condiciones de trabajo y la atención integral humana a sus funcionarios; que las operaciones sean promovidas sin “desgastar en exceso y muchas veces con escaso resultado y más efecto publicitario” (aunque pueden ayudar a la percepción) a los y las compañeras. Es conveniente simplificar las funciones policiales para descongestionarla de tareas no sustantivas y que pueda avocar su personal a lo principal: prevención e investigación. Resulta importante el fortalecimiento de la Policía municipal que permita, desde el municipio, asumir tareas de protección y la formulación de políticas públicas nacionales y municipales de seguridad y prevención.

El segundo momento que invito a ver, es que, después de la errónea actuación policial transcurrieron 24 horas para la “asonada” que destruyó la delegación policial municipal de La Paz Centro. La pregunta es: ¿no hubo capacidad institucional (Policía-gobierno local) de prever la reacción social, la inconformidad acumulada y provocada por dicho incidente? ¿Se efectuaron las coordinaciones, acercamientos, previsiones suficientes para evitar las consecuencias del siguiente acontecimiento? Es probable que algo fallara allí o, ¿nada fue posible hacer?

El tercer momento, cuyos orígenes hay que buscarlos desde percepciones de inconformidad acumuladas, y cómo la muerte del joven provocada por los policías acrecentó. La Paz Centro no es un municipio con alta tasa de violencia delictiva, pero hay que preguntarse cuál es el nivel de confianza de la población en la Policía, cuál es la relación Policía-comunidad, los mecanismos de comunicación, las percepciones de inseguridad, las quejas acumuladas no resueltas…

Un hecho como el ocurrido, único en la historia de la Policía, requiere serenas y profundas reflexiones para evitarlos. No deber ser imitado. La agresión social manifestada contra la expresión más visible del poder público es prevenible. Es útil crear mecanismos de alerta temprana ante la violencia, desde el nivel local.

Después de los tres momentos enumerados, la actuación policial y de las autoridades fue pertinente, de diálogo y recomposición de la convivencia. Aparentemente ha comenzado a restablecerse la confianza y superarse los temores. La sanción judicial y administrativa en lo que competa sobre las responsabilidades, la sustitución del personal policial, no porque tengan “culpa alguna”, sino por la necesidad de modificar la imagen interna, combinado con planes de prevención, fortalecimiento de la relación Policía-comunidad y mecanismos de supervisión internos, resultan indispensables. ¿En cuantos otros municipios del país se acumulan tensiones de desconfianza y descrédito que, ante los riesgos (que deben reducirse) de la actuación policial, pueden desencadenar situaciones graves? Ésa es tarea impostergable y permanente. El monitoreo en el nivel local, no sólo sobre los problemas de la delincuencia organizada, sino sobre lo cotidiano, que a veces parece sin importancia, pero es lo que condiciona la calidad de la seguridad de las personas.


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