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El tema del humor y la risa es cosa seria -es decir, importante- y no pocos investigadores le han dedicado tiempo a su estudio como instrumento de reflexión y conocimiento, particularmente los psicoanalistas. En la actualidad, algunos científicos están abordando el asunto desde los métodos de investigación más experimentales. “Podría escribirse una obra filosófica buena y seria compuesta enteramente de chistes”, reclamaba el filósofo y lingüista austríaco Ludwig Whittgenstein (1889-1951). Pero el filósofo francés Henri Bergson, muerto diez años antes que el vienés, había escrito -aunque no un libro sobre chistes propiamente, como quería Whittgenstein- la obra más importante sobre la risa, ese perfil del ser humano que “ríe y hace reír”, como explica sabiamente Bergson. Muchos años después (1905) Sigmund Freud, conocido como el padre del psicoanálisis, escribió “El chiste y su relación con lo inconsciente”, obra en la que aborda las técnicas y mecanismos de la formación del chiste y su relación con los sueños. Y luego, otros volvieron sobre el tema como Pío Baroja en 1919 con “La caverna del humorismo” y Ramón Gómez de la Serna en 1928 con “La gravedad e importancia del humorismo”.

El fenómeno de la risa, estrechamente relacionado con el humor, es exclusivo del ser humano (“homo ridens”) o de “los animales de lenguaje”, como los llama Manuel Baldiz. Es pues un atributo de los seres parlantes y por lo mismo vinculado directamente con el lenguaje. Algunos primates parecen utilizar la risa, pero en todo caso lo hacen en un espectro evidentemente limitado. Bergson afirmaba que “fuera de lo propiamente humano, no hay nada cómico”, y Voltaire explica que los animales están dotados – como nosotros- del músculo cigomático mayor (el músculo de la risa), “pero no les hace reír la alegría, como tampoco les hace llorar la tristeza”. El ciervo –agrega- deja caer de sus ojos cierto humor cuando los perros de caza lo persiguen, lo mismo que el perro cuando lo disecan vivo, “pero no lloran por sus mujeres queridas ni por sus amigos, como nosotros; no les acomete la risa cuando ven un objeto cómico; el hombre es el único animal que llora y ríe”, con sus diferencias y matices -como nos recuerda Unamuno- , porque “hay quien se ríe por fuera permaneciendo muy serio por dentro, hay quien se presenta muy serio y se ríe por dentro, y hay quien llora al interior mientras el exterior ríe, y hay quien hace lo contrario”.

Destacando la importancia del sentido del humor, el doctor Edmundo Jarquín me transcribía en un correo reciente una frase del nihilista Federico Nietzsche: “La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”. Pero el humor constituye el mejor instrumento para reírse -además de uno mismo, que es muy saludable- de los poderosos, que es muy necesario. Y no solo eso: los expertos explican que al reír no sólo se ejercitan cuatrocientos músculos, sino que se potencia la creatividad y la imaginación y -como decía Freud- ayuda a liberar la energía negativa. Y algo más: el humor revela otras interioridades del ser humano como la humildad, admirada por Borges. Hermann Nohl, filósofo alemán, decía que “el humor es el mejor medio para luchar contra la pedantería del método”, sobre todo cuando estamos demasiado inflados de nosotros mismos.

Un dicho popular sentencia con cierta gracia: “Del hombre que nunca se ríe, nadie se fíe”. Aun cuando no es del todo cierto, el refrán nos está invitando a volver la mirada hacia la risa tan generosa en los niños y tan tacaña en los adultos, y a cultivar el sentido del humor como capacidad humana no solo para percibir o provocar algo gracioso, sino para amainar las inclemencias de la vida. Porque la existencia humana depende más del estado anímico que de la realidad exterior al individuo.

El humor, nos recuerda Alberto Cantoni, revela el lado serio de las cosas tontas y el lado tonto de las cosas serias, porque entretiene, recrea, divierte, y divertir etimológicamente significa ‘apartar la mente de asuntos serios hacia el placer’, a la acción de salirse del vértice, es decir, a la ruptura con el orden cotidiano de significados: “No dejes para mañana lo que puedas hacer pasado mañana”. Un matrimonio necesitó veinte años para “conocerse”, como el campesino chontaleño que me explicaba la razón por la que vivía solo en su rancho: “Nos casamos y vivimos felices durante veinte años, hasta que un día nos conocimos y entonces ella agarró por su lado y yo agarré por el mío”. Haciendo una paráfrasis de “La historia me absolverá”, el alegato de autodefensa de Fidel Castro ante el juicio en su contra (1953), alguien -probablemente un político seguro de su “trayectoria”- dijo: “La historia me absolverá, pero para mayor seguridad yo elegiré a los historiadores”.

 

* Escritor y lingüista.

rmatuslazo@hotmail.com