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El doctor Iván Escobar Fornos ha publicado un libro que es fascinante: nos lleva de la mano por procesos a hombres célebres; procesos que se caracterizaron por ser injustos, amañados, con el común denominador de que las acusaciones partieron de hombres mediocres que envidiaban el talento y la fama de estos portentos.

En esta galería de personajes desfilan Sócrates, César, Juana de Arco, Miguel Servet, Giordano Bruno, Galileo, Tomás Moro, Dreyfus, Manuel Antonio de la Cerda, Estrada Cabrera, Juan Bautista Sacasa, entre otros.

¿Qué tiene de particular y cuál es el aporte de este libro? El análisis jurídico de los casos. Con una prosa clara nos explica los vicios de procedimiento dentro de estos procesos. Y, esencialmente, Escobar Fornos explica que en estos juicios no prima la verdad, la justicia, sino las ambiciones, la envidia, la mentira, los prejuicios y la conveniencia política.

A Juana de Arco la traicionó Carlos VII, porque su popularidad representaba un peligro para la corona francesa, y se fraguó un proceso inquisitorial en su contra por herejía, y no como correspondía, que la acusaran como adversaria ante un juez civil. El obispo de Beauvois, un hombre astuto, ambicioso y aliado de los ingleses, presidió el tribunal.

Juana de Arco no tuvo defensor, porque nadie quería enfrentarse al poderoso obispo. Quedó sola. Fue sentenciada, culpable de ser hereje y cismática, y sentenciada a morir en la hoguera, pena que ejecutaron los ingleses.

Parecido destino persiguió a Giordano Bruno. Fue víctima de un joven noble, colérico, caprichoso, vengativo, envidioso y desconfiado. Su nombre: Mocenigo. Denunció a Bruno ante la Santa Inquisición porque consideró que éste no le había enseñado lo que le prometió. Mocenigo presentó otras denuncias contra Bruno. Sin embargo, el Papa Clemente VIII ordenó conocer el contenido de las obras de Bruno y se les evaluó después de un largo tiempo.

El tribunal insistió en que abandonara sus ideas y sobre todo su tesis de la infinidad del mundo. Al tener solo un testigo contra Bruno: Mocenigo, y no constituir plena prueba, ya que se necesitaban dos testigos, el Tribunal recurrió a la tortura, sin embargo no logró su confesión.

Como un último intento Bruno es llamado ante los jueces, y es invitado a abjurar; al no hacerlo, el 20 de enero de 1600 el Papa Clemente VIII ordena que se dicte sentencia de muerte y sea entregado a la justicia secular para su ejecución. Bruno contestó: “Tembléis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla”. El 17 de febrero fue quemado vivo en el Campo dei Fiori, Roma.

No menos llamativos son los otros procesos, sin embargo, me parece interesante el juicio contra Cerda y las purgas estalinistas.

Manuel Antonio de la Cerda y don Juan Argüello tenían amistad desde los cinco años de edad. Una vez consumada la independencia, por voto popular fue nombrado para Jefe de Estado Manuel Antonio de la Cerna y para vicejefe Juan Argüello. No había pasado mucho tiempo de estos nombramientos cuando ambos se hicieron enemigos. Argüello acusa a Cerda de abusos en el ejercicio de su cargo. El poder legislativo, luego de investigar, mandó a suspender a Cerda de su responsabilidad y se le trató de inculpar bajo responsabilidad criminal.

Bajo este panorama estalló la guerra civil de 1827, con mayor crueldad y barbarie que la acontecida en 1824. Cuenta Gámez en su Historia de Nicaragua que “los jefes militares de Cerda parecían competir con los de Argüello, dando espectáculos sangrientos de verdadero vandalismo, que sembraban el terror por todas partes y llevaban la consternación al seno de las familias”.

En esos duros años combatieron “pueblo contra pueblo, familias contra familias, parientes y vecinos, unos contra otros, sin otro móvil que el insensato deseo de destruirse. Cerda fue juzgado y sentenciado en 1828 por un Consejo de guerra, compuesto de oficiales enemigos, y fue fusilado en Rivas. Un compañero de armas cuenta que “Cerda era incapaz de robar un centavo; pero sonreía gustoso cuando le presentaban las orejas de los enemigos ensartadas en una tizona”.

En Moscú se celebraron tres famosos juicios entre 1936 y 1939, en que los miembros prominentes del Partido Comunista Soviético fueron acusados de conspirar para destruir el sistema comunista y asesinar a Stalin. Entre los imputados más destacados tenemos a Zinoviev, Trostky, Kámenev, Bujarin, quienes sin excepción tenían más talento y formación académica que el tenebroso y oscuro Stalin. Sin embargo, este hombre parco, frío, calculador, acomplejado, envidioso y sanguinario, le ganó la partida ante la vida, pero no ante la historia.

 

* Historiador. Doctor en Derecho.