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Todavía hoy, casi treinta años después, mantengo fresco como si hubiese sido ayer, cuando efectivos de la Guardia Nacional de Nicaragua, sin haber cometido absolutamente ningún delito, y sin mediar ninguna palabra, una mañana de enero de mil novecientos setenta y nueve, bajaron a empujones de su carro a un joven de tan sólo treinta y cinco años, sin decirle nada. El retén represivo apostado en la carretera a la altura de Posoltega lo comenzó a culatear y patear indiscriminadamente hasta desbaratarle casi todos los huesos de su cuerpo; lo golpearon con un odio tal que no había un sólo lugar que no tuviese una fractura, y frente a todos los aterrorizados ciudadanos nicaragüenses que estaban retenidos en esa calzada del infierno. Eso lo recuerdo perfectamente porque ese ejemplar ciudadano era mi querido padre.

Tras semejante golpiza lo tiraron en la tina de una camioneta que lo auxilió hasta el antiguo Hospital San Vicente, de León, y tras tres días de lucha contra la muerte y con todas las fuerzas por aferrarse a la vida que tanto amaba y con el dolor que seguramente sentía por dejar desamparado a sus hijos, por ser el único sustento de su hogar, final y trágicamente nos fue arrebatado por culpa de esos esbirros a nuestro entrañable papacito.

Todavía hoy, casi treinta años después me pregunto si los genocidas realmente pensaron lo que estaban haciendo, a conciencia, o sólo se dejaron llevar como perros furibundos por las órdenes que les daba su comandante en la carretera. Era cuando se sentían con todo el poder de retener cualquier vehículo y requisarlo, a la vista impotente de los humildes y aterrorizados ciudadanos que no podían mover un dedo para defenderse por el temor a ser agredidos y reprimidos. Hasta hoy no he encontrado esa respuesta, pero tenía y albergaba la esperanza en mi corazón que tras el triunfo de la revolución sandinista esas escenas jamás se volverían a repetir.

También recuerdo con exactitud aquella mañana que llegaron los yipones de la extinta, pensaba yo que extinta; tropas de la Escuela de Entrenamiento Básica de Infantería (EEBI) y dirigidas en León por el sanguinario “Chele Aguilera”, cuando sacaron por sorpresa a un par de guerrilleros, uno era el joven Juan Ramón Sampson, amigo de mi familia. De mañana se los llevaron para nunca más volver…
En aquel entonces, con mi inocencia de niño, había vivido las escenas más crueles que en mi dulce corazón infantil sembraron de manera inolvidable el terror a ser agredido. En ese entonces no entendía por qué moría tanta gente y por qué habían personas tan crueles, y que actuando como animales eran capaces de agredir a otros sin importar matarlos o lesionarlos.

Tras varios años después cuando ingresé a la llamada Asociación de Niños Sandinistas, nos explicaron que la Guardia Nacional reprimió y mató a miles de personas por el sólo hecho de pensar distinto y criticar al gobierno. Nos señalaban que era prohibido decir cualquier cosa que ofendiera al Presidente de la República o a su querida esposa, que bajo las dictaduras no se aceptaba bajo ningún término la existencia de otro partido político y que de manera libre la gente se organizara.

Sólo había partidos zancudos, es decir, sólo eran pantallas para hacer creer que el gobierno tenía oposición y vender el mono de que en Nicaragua existía democracia. Todos los que sufrimos en carne propia las consecuencias de las represiones pagamos gravemente la realidad que se vivía en ese entonces, pero también nos juraron y prometieron que ese pasado oscuro jamás se volvería a repetir; nos juraron que los niños nacerían para ser felices.

Por buenos años caminé en las calles de mi ciudad universitaria defendiendo esas ideas. Muchos combatimos a nuestros hermanos campesinos en las montañas con el argumento que eran los mismos guardias somocistas, quienes nos querían arrebatar las libertades que la revolución nos había otorgado. Creímos esas historias y por ello ofrecimos nuestras vidas por defender esas libertades. Todos estos años ésas han sido mis enseñanzas y reflexiones a mi menor hijo.

Cuando salíamos por el centro le explicaba toda la historia de nuestra ciudad, le hablaba de los represores como Espinales y del coronel Adolfo Evertz, comandante de la Plaza de León, y que varios de mis primos, junto con todos sus amigos y muchos habitantes, lograron hacer huir de nuestro terruño y darle de nuevo la tranquilidad a la población. El verdadero revolucionario, Edwin Castro, rezaba en su bello poema: Mañana hijo mío, todo será distinto…, al menos eso es lo que pensábamos muchos hasta ayer.

Hoy, tras casi treinta años después, no encuentro cómo explicarle a mi hijo los hechos que ocurrieron en nuestra ciudad hace unos pocos días, cuando un grupo de gente armada de piedras, palos, machetes, morteros, llenos del odio más visceral, agredía a otros ciudadanos por el sólo hecho de pensar distinto a ellos. No tengo explicación y me pregunto si es que se reencarnó la Guardia Nacional. Al igual que aquellos que actuaban con intenciones de causar daño, igualmente ahora ponían retenes fuera de la ley para aterrorizar a ciudadanos libres; sin ninguna autoridad se violaba la propiedad privada obligando a los conductores a abrir por la fuerza las puertas de sus vehículos para registrarlos en busca de no sé qué, y bajo la amenaza de recibir un garrotazo si se negaban.

Fueron escenas tan bárbaras que sólo les faltaba el uniforme coat combat de tigre que usaba la EEBI, el fusil Galil y el casco verde olivo Israelí. En ese tiempo los retenes bajaban a todos los pasajeros de los buses y a los jóvenes les pedían que se arremangaran las mangas para ver si no tenían lacerados sus codos como señal de entrenamiento de guerrilleros. A quien encontraban con esas características les esperaba la muerte, y ahora los miembros de estos nuevos retenes, ¿qué hubiesen hecho si encontraban a jóvenes con propaganda crítica al gobierno? ¿Los hubiesen cargado a patadas y garrotazos al igual que los genocidas hicieron con mi padre? ¿Estamos llegando ahora a esos extremos de represión para todos aquellos que piensan distinto a los miembros de su partido? ¿El terror ahora se va a convertir como antes en la nueva arma para obligarnos a no criticar?

Tras ver muchas veces las escenas en la televisión y sin necesidad de comentarios hablan por sí solas. La ciudadanía leonesa está SIENDO sometida poco a poco a un estado de sitio partidario, y con un inmenso terror de ser agredidos por nuevos Guardias Nacionales sin uniforme oficial.

Está prohibido pensar distinto al partido de gobierno. A punta de sangre y fuego pretenden que dejemos de criticar y que renunciemos a nuestros legítimos derechos fundamentales, ¿Dónde está el pronunciamiento oficial de la Procuraduría para la defensa de los Derechos Humanos a través de su “Gentleman” titular condenando estos lamentables hechos? ¿Qué espera la Fiscalía para interponer la denuncia ante los Juzgados con toda la cantidad de pruebas visuales, y con una gran lista de testigos y ciudadanos agredidos y en la búsqueda de la justicia y salvaguarda de la democracia?

Lamentablemente se corre el peligro de resurgir de nuevos represores como hace más de treinta años. Se podrían multiplicar los hijos de la Nicolasa Sevilla, el Chele Aguilera, Espinales, Adolfo Evertz, el Chigüín…

Pensar distinto se puede convertir de nuevo en un motivo para perder la vida, pero siento que no debemos permitir que le arrebaten la democracia y la paz a este humilde pueblo que aún reclama las libertades públicas,
¡Que se haga realidad el discurso de paz y reconciliación! Los nicaragüenses estamos obligados a reflexionar y corregir los errores del pasado, ¡No traicionemos la sangre derramada!

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