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Mi diccionario define “eutanasia” así: “Muerte suave, sin dolor. Teoría que defiende la licitud de acortar la vida de un enfermo incurable”. La reciente muerte de la madre de alguien muy querido, a edad avanzada y tras una larga enfermedad incurable, me ha hecho reflexionar sobre la eutanasia.

No encuentro una razón para que las personas tengan el derecho de negarles a otras la posibilidad de practicar consigo mismas la eutanasia; aunque los interesados en la eutanasia estuvieran sanos.

El único límite que se debe poner a los derechos personales, son los derechos ajenos. “No se vale” irse de este mundo voluntariamente, dejando cuentas pendientes, económicas o de otra índole. Las personas deben ser honorables y cancelar sus deudas.

He pensado en las dificultades que implicaría la implementación de la eutanasia, y en los posibles abusos e injusticias que ésta podría acarrear. Sin embargo, deseché esos argumentos cuando pensé en otros derechos que también se prestan a abusos y cuya implementación también resulta complicada.

En esos casos lo que debe existir es un sistema de frenos, verificaciones y balances que permita el control de los abusos y que propicie una regulación justa y apropiada del uso del derecho reconocido. No es sano que el poder esté concentrado; sobre todo cuando se trata de decidir sobre la vida y la muerte.

Si alguien injuriara y calumniara, abusando del derecho de expresión, debería poder ser reprimido por medio de mecanismos legales. No convendría coartar la libertad de expresión por este motivo. Si alguien intentara abusar de un poder otorgado democráticamente, para socavar los fundamentos de la democracia, un sistema de frenos y balances debería poderlo detener. Un abuso no sería razón para desestimar la democracia.

Con la eutanasia es igual. Así como las personas tienen derecho de vivir, y de decidir cómo hacerlo, mientras no violenten los derechos ajenos, también lo tienen de morir y de decidir de qué manera, siempre respetando a los demás. Abusos y complicaciones son inevitables, pero no bastan para conculcar dichos derechos. Es posible resolver en gran medida estas dificultades. También debe existir el derecho de morir en una agonía larga y dolorosa.

Muchos piensan que sólo Dios da la vida y que, por tanto, sólo Él la puede quitar. Es el argumento más frecuente al abordarse este tema. Sin embargo, el argumento es débil e injusto. Si uno le da algo a alguien, esa persona pasa a poseer lo regalado. Es esa persona quien, de ahora en adelante, dispone de lo recibido.

Por otra parte, la persona interesada en la eutanasia podría no creer en ningún Dios. Nadie tiene el derecho de obligarla a guiarse por normas de origen supuestamente divino; sobre todo si ello implica dolor y sufrimiento.

Por último, alguien podría creer en un Dios a quien no le importara que sus creaturas se quitaran la vida cuando así lo tuvieran a bien; o inclusive en un Dios que así lo demandara en determinadas circunstancias. Debe existir el derecho de intentar disuadir a las personas de que practiquen la eutanasia, pero no el derecho de obligarlas a que no lo hagan. La prédica es válida, la imposición no.

Todo intento de legalizar el derecho a la eutanasia, o de negarlo, debería basarse en consideraciones humanas; nunca divinas. Toda creencia en divinidades, y toda doctrina de ella derivada, pertenece al terreno de la fe. Hay muchas fes religiosas distintas. Todas son fantasiosas para quienes no las profesan, los que siempre constituyen la mayoría pues, para cualquier fe del mundo, siempre son minoría los que la tienen.

Usualmente la fe religiosa ajena es considerada supersticiosa, o al menos errónea. Por todo esto, la consideración de temas delicados como la eutanasia debería basarse en argumentos de índole estrictamente humana, a menos que Dios diera la cara y expusiera su voluntad de manera contundente, que no dejara dudas en nadie; de manera independiente de la fe, pues las fes disponibles proceden en su mayoría de la edad de bronce, y no es sensato poner asunto tan serio a depender de una fe determinada por unos fortuitos tiempo y lugar de nacimiento.

Dios no ha expresado su voluntad de esa manera contundente.

 

pedrocuadra56@yahoo.com.mx / Ingeniero y Músico