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Marx, en la Crítica del Programa de Gotha, expresa: “El socialismo vulgar –y por intermedio suyo una parte de la democracia– ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y a tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución.”

En 1921, cuando se instauró en Rusia la Nueva Política Económica, en el socialismo se introdujo el capitalismo de Estado, el cual le trasladó el trabajo asalariado y sus vicios naturales: burocratismo y corrupción. Lenin lo justificó al ensayar las reformas de tipo capitalista como una salida emergente y transitoria ante la situación caótica que heredó Rusia después de la guerra.

Toda la barbarie y el desastre posterior que engendró este sistema es historia, a excepción de Cuba y Corea del Norte aún empecinadas en su redención. Solo que han demostrado que el socialismo de Estado no es el grito de dolor de la sociedad moderna. Es social y económicamente inviable. Dilapidan lo que no producen y buscan las causas fuera del sistema: imperialismo, cambio climático, defensa de soberanía nacional, el mercado internacional y ¿por qué no?… los funcionarios y trabajadores desclasados del proletariado.

¿Causas? La fuerza de trabajo fue mal pagada como una mercancía más, con un excedente mezquino mitigado con notables logros educativos y de salud pública alcanzados también en otras naciones capitalistas sin el menosprecio de la libertad individual que “garantizaba” un Estado socialista.

Las raíces de la crisis capitalista neoliberal ocasionada por la diferencia relativa entre capital variable (fuerza de trabajo) y constante (medios de producción) nos permiten ver las contradicciones entre medios y fines que no se corresponden en el socialismo: trabajo y capital estatal. Un dilema filosófico histórico.

Esto significa la incompatibilidad entre fines perseguidos y medios de fabricación que en el socialismo se caracterizan por déficit de producción. Secuela de un ávido aparato burocrático que permite controlar sus recursos, decantándose en una mayor explotación del trabajador que se eclipsa empuñando en sus manos un salario mediocre. Luego se “compensó” esta escasez de incentivo material apelando a la solidaridad social con proclamas, estímulos y exigencias morales del “hombre nuevo” tratando de sobrevivir en el estancamiento económico, inflación y escasez invariable de recursos. Un fútil esfuerzo congelado por la demagogia radical.

Panorama de una “democracia socialista” que naufragaba en Cuba. Hundida en el período especial, encontró un flotador en el inmenso mar de petróleo venezolano que asido de un populismo democrático ahora degradado en caudillismo chavista, se esparció en tierra fértil por la vía de elecciones democráticas en Ecuador, Nicaragua, Bolivia y Argentina, oxigenando los colapsados pulmones del anacrónico socialismo de Estado cubano.

El populismo latinoamericano nunca fue pensado como una herramienta que construyera las bases sólidas de una democracia política. Sucedió como una reivindicación de derechos sociales detallados en La razón populista de Ernesto Laclau. Los liderazgos populistas siempre tuvieron un perfil caudillesco emanados de la figura de Franco. Derivados de la tradición ibérica e influencia fascista absorbida por Juan Domingo Perón.

¿Será que el populismo crea socialismo y ciudadanía? Es el gran desafío de aquellas democracias populistas que al final del camino encuentran la dictadura como único argumento posible para restablecer el socialismo de Estado.

 

* Médico cirujano.