León Núñez
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Murió en Francia Ernesto Zárraga. La idea de la muerte, lo torturó constantemente. Aún siendo admirador profundo del poeta César Vallejo, no creo que haya escogido París para morir y menos “un día del que tuviese ya el recuerdo”. El no fue un hombre para esas escogencias. Solía decir que sus últimas palabras serían de protesta contra la muerte, aunque su protesta fuese como la de Sísifo: inútil y sin esperanza.

Lo conocí en Madrid en un bar bohemio, cuya mayoritaria clientela estudiaba la teoría del suicidio lógico. En algunos círculos intelectuales estaba todavía de moda la tesis que reducía el problema fundamental de la filosofía a juzgar si valía o no valía la pena vivir. Se discutía si la esencia precedía la existencia o si la existencia precedía a la esencia; si el absurdo categórico tenía tres dimensiones o si el absurdo existencial tenía dos categorías.

Las reflexiones sobre si el hombre es un ser para la muerte, si vivir equivale a luchar en vano contra lo inevitable, si la vida es una pasión inútil... terminaban agotando la vida filosófica y literaria del bar “El Carbono 14”, en un aparentemente aterrador aprendizaje de la muerte. Naturalmente que ninguno de los clientes compartía el criterio de Nietzsche, de que un filósofo, para ser estimable, debía predicar con el ejemplo.

Ernesto hacía poco había abandonado el marxismo. Antes había sido fascista y mucho antes, muy joven, cuando llegó de Buenos Aires a Madrid a estudiar medicina, había sido aristotélicotomista, «en una época en la que creía que en el centro estaba la virtud». Ahora ya no tenía ideología política ni creencias religiosas.

Tendía el anarquismo, amaba apasionadamente la vida y si bien es cierto que en teoría seguía siendo estudiante de medicina “todos los años se matriculaba— en la praxis era, sobre todo, un crítico de teatro. Con gran sentido del humor explicaba que había abandonado el marxismo, entre otras cosas, porque no comprendía cómo en su caso la teoría (estudiante de medicina) podía influir en la praxis (la bohemia literaria), ni cómo la praxis podía influir en la teoría, transformándola.

Nos hicimos muy amigos. Con frecuencia era visitado en su apartamento por poetas, filósofos, novelistas, dramaturgos, humoristas, pintores, escultores, músicos...

De las paredes colgaban cuadros, fotografías que nos hablaban de las relaciones de Zárraga con intelectuales europeos y varias certificaciones que le acreditaban reconocimientos literarios.

En el apartamento había una sala atestada de centenares de libros. Sobre una mesa estaban cuidadosamente colocados los nueve libros escritos por Ernesto, y muchos artículos periodísticos empastados en tres tomos y una fotografía de su madre.

Habíamos terminado un curso intensivo de tres meses sobre Ulises de James Joyce, cuando nos despedimos. Yo me trasladé de Madrid a Oviedo a continuar mis estudios de derecho, huyendo de la “vagancia literaria”, y Ernesto marchó a París, para continuar en lo mismo. No nos volvimos a ver, pero siempre lo recordé con extraordinaria admiración. Tenía una erudición enciclopédica portentosa. Yo quiero finalizar este artículo, escrito al compás de recuerdos dispersos, protestando contra la muerte de Ernesto Zárraga por si acaso él no tuvo tiempo para hacerlo.