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Los sucesos en La Paz Centro el 14 de septiembre y el siguiente día en Managua, cuando policías dieron muerte a dos adolescentes, más el incendio y la destrucción de la Estación policial y de vehículos, revelan un profesionalismo policial en crisis. Estos hechos, fueron fortuitos en el sentido de que las acciones de los policías y de los jóvenes violentos no fueron hechos programados.

Pero, al mismo tiempo, son hechos que tienen causas no tan visibles, son el resultado final de un proceso en el cual la conciencia de los policías se viene formando bajo el criterio de que, como guardadores del orden público están autorizados a imponer el cumplimiento de las leyes y las ordenanzas emanadas de sus mandos superiores. Lo que parecen desconocer, según la experiencia, es cómo, cuándo y en qué circunstancias deben cumplir ese deber.

Son formados como representantes de la ley, les educan para sentir que ellos “son la ley” frente al ciudadano sorprendido en la comisión de un delito, pero luego actúan según el grado de emotividad que las circunstancias les provocan. En el caso La Paz Centro, los policías no supieron distinguir al violador de una simple norma administrativa, como fue el hecho de no respetar la línea de “no pase” en un acto público intrascendente, de un violador de la ley de seguridad pública que pone en peligro la vida de las personas y la de los mismos policías.

La reacción violenta de un sector de la población juvenil paceña --algunos estimulados por el alcohol-- ante la muerte del adolescente, fue motivada por la emoción del momento. Un momento de gran fuerza emocional por la muerte de un niño, pero tampoco fue un acto carente de causas.

Diferentes organismos dedicados a la defensa de los derechos humanos, han recopilado datos que revelan a la Policía como una de las instituciones más denunciada como violadora de estos derechos. Es justo reconocer que no todas las denuncias se justifican como una violación de algún derecho humano; y que otro tanto de las denuncias son aclaradas y sus responsables enviados a los tribunales. Pero no todas las denuncias son atendidas.

Entre las estaciones de Policía con poca atención a las denuncias, y actos de corrupción, está la Estación de Policía de La Paz Centro. Lo dijeron personas que han sido perjudicadas, y es posible que las jefaturas superiores inmediatas, hasta llegar a la jefatura nacional, tampoco les dieran la atención merecida al problema.

Hay otras causas de la displicencia policial. Una de ellas es subjetiva: el reconocimiento público a la Policía por el mérito de ser la responsable de que Nicaragua sea el país más seguro de Centroamérica, pudiera haber creado en los mandos un sentido de complacencia excesiva, y por ello, menosprecian las denuncias menores, en apariencia, y en comparación a sus grandes éxitos contra el crimen organizado de las drogas.

Una causa podría tener su raíz en la Escuela de Policía. O sea, en el tipo de estudios formativos que parecen otorgar más tiempo y dedicación a la defensa física y al estudio de leyes pertinentes. La mayor parte de los egresados son los que cursan estudios durante un año, llamado “Técnico Medio Policial”. Los del curso superior de cuatro años, la “Licenciatura de Ciencias Policiales”, reciben materias que los del curso elemental no reciben, como filosofía, historia, ciencias sociales, entre otras.

Parece que la formación política-ideológica, no necesariamente partidaria, ha sido eliminada en aras del carácter apolítico de la Policía. Pero a los egresados que no tienen trayectorias de lucha social ni revolucionaria, ¿cómo les ayudan a percibir y analizar las contradicciones entre las clases y sus relaciones con el poder? ¿Les habrán hecho creer que apoliticismo es igual a no tener conciencia de clase?
Si así fuere, no debe sorprender la diferencia de conducta entre los miembros de la que fue Policía sandinista y los policías actuales, hablando en términos generales. Y la causa del mejor comportamiento de aquellos policías, digamos, espontáneos, no era su condición partidaria, sino sus valores de revolucionarios. En cambio, la formación apolítica de los policías de hoy, puede propiciar su mal comportamiento. Además de no contar con trayectoria de luchadores sociales, están siendo formados como individuos “desclasados”, a quienes les cuesta aplicar la ley con igual respeto para todos, sino con el sentido del respeto tradicional: según la condición económica y la posición social de las personas.

Otras causas: con el culto al apoliticismo, se les crea la confusión de éste con el apartidismo. Junto a la confusión del apartidismo con el apoliticismo, se les impone la práctica religiosa, para mayor confusión. Edwin Cordero, convirtió a la Virgen de León en “Comisionada y Protectora de la Policía”. La comisionada Aminta Granera se los lleva a misa por cualquier motivo; incluso, se ha visto a comisionados convocando a ritos religiosos y cargando santos en manifestaciones religiosas.

Se pudiera replicar que esas prácticas bien son beneficiosas para la formación moral de los policías, lo cual desmiente la experiencia. Sin embargo, se trata de una violación de los preceptos de una Constitución que la Policía está obligada a respetar y enseñar a que se respete. La lección que ofrece, es contraria: enseña a violar la Constitución. Un caso insólito.

Una causa objetiva, es que los cambios en las condiciones materiales de vida de los comisionados, han borrado el sentido de compañerismo en las relaciones con el resto de miembros de la institución. El compañerismo existió, porque en la lucha revolucionaria las diferencias de origen social entre los combatientes eran ignoradas. Igual estaban todos expuestos a morir; y ahora, no todos están en iguales condiciones de vivir. Todo lo ha sustituido una relación jerárquica vertical, social y humanamente fría.

Es una paradoja, la profesionalización los ha dividido y aumentado las diferencias de clase. De esto no tienen culpa la profesionalización ni los comisionados, pero puede incidir en su displicencia respecto a la realidad social de los policías de base, sus condiciones de vida y sus jornadas de trabajo.

La falta de una formación política-ideológica adecuada, los deja inermes y llenos de confusiones. Esto es peligroso, porque son guardianes de un orden público politizado y clasistamente dividido, lo que les exige respuestas políticas no sólo represivas. Lo más grave: la Policía está expuesta a la presión de los centros de poder político y económico.

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