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Es difícil adquirir el hábito de pensar con buen juicio y moderación, o sea, con sensatez. Incluso es difícil ser sensato, aunque sea irregularmente, cuando dominan los prejuicios. Y como los prejuicios son alimentados por todo tipo de intereses, estos originan pasiones, justifican y consolidan erráticos criterios.

Cuando surgen ciertos acontecimientos políticos extraordinarios, a los prejuiciados les parecen hechos accidentales, y se muestran incapaces de interpretarlos. Comienzan por dar palos a ciegas, sin acercarse al blanco del suceso, pero lo juzgan sin “buen juicio” ni “moderación”.

Eso les pasa con las recientes cumbres América Latina-Unión Europea y de la Celac. Desorbitaron sus ojos, atrofiaron su criterio como si estuvieran ante algún maligno acto mágico y no un hecho trascedente, porque sus esquemas no lo tenían registrado.

No logran verlo tal como es: resultado de un largo proceso político a la vez arbitrario y organizado, diplomático y militar, pacífico y violento, doloroso y esperanzador, y siempre hacia delante, aunque con pausas. Dentro de un proceso así, los pueblos latinoamericanos van avanzando hacia su emancipación y buscando nuevos modelos a la relación con los Estados Unidos. Por desconocer este proceso –más adrede que por ignorancia—, no admiten que la Celac es el latinoamericanismo emancipador frente al panamericanismo injerencista.

Más despistados quedaron al ver juntos y unánimes tras el objetivo emancipador –según ellos— a la “satrapía dictatorial” cubana y a las “democracias libres”, aunque Cuba está libre del narcotráfico y otros países están encadenados a ese comercio criminal, estimulado por el gran consumidor que, al mismo tiempo, es el peor enemigo de Cuba. Y… ¡se persignan ante el pecado de haberle conferido a Raúl Castro la presidencia Pro Témpore de la Celac!

¿Por qué esta amargura? Porque no son capaces de reconocer el avance latinoamericanista ni la decadencia del panamericanismo. Menos que reconozcan cómo Cuba ha batallado; cuánto sacrificios ha tenido que hacer durante más de medio siglo para no doblegarse ante su omnipotente agresor. Ni osan siquiera recordar con cuántas agresiones han intentado doblegarla, incluso con la agresión propagandística, la cual usan sus detractores voluntarios o de oficio.

Esta es su amargura: ver que Cuba no ha sido derrotada, y más bien se ha ganado el derecho a la amistad y a la relación con sus hermanas de América Latina y del Caribe, más el respeto para su revolución.

Sin abrir los ojos ni el entendimiento, hacen extensivo su rencor hacia la actitud juiciosa y moderada; es decir, sensata, de los gobernantes de naciones con sistemas políticos diferentes quienes, ante la urgencia histórica de construir nuevas relaciones de respeto, tolerancia y solidaridad por encima de las diferencias, respetan los derechos de Cuba. Y con la Celac, también le dicen no al bloque gringo.

No significa que tengan unanimidad en todo, y todos tengan la misma opinión sobre cómo construir el sistema democrático, admitiendo que cada nación tiene derecho a resolver sus asuntos internos con la legalidad de su propio sistema. Esa es tarea de cada pueblo. Los prejuiciados, no pueden analizar en serio el porqué Cuba no ha podido “caer a pedazos”, como lo vienen pregonando durante más de cincuenta años.

No se atreven a buscar el motivo por el cual Cuba, “cayéndose a pedazos”, ha desarrollado sus sistemas de educación y salud; un deporte que en los juegos olímpicos saca la cara por América Latina; un amplio movimiento artístico-musical, con orquestas sinfónicas provinciales y nacional, más innumerables orquestas y conjuntos de música tradicional y moderna de todos los géneros (incluso el escatológico reguetón); un ballet y una escuela de ballet clásico mundialmente famosos; ferias anuales de libros, cine y otras expresiones culturales y científicas.

Cuba tiene todo lo que puede tener y sus detractores no quisieran que tuviera. Y por eso cierran los ojos, creyendo que así desaparece todo. Se resienten con el mundo, porque no se estanca como sus ideas y porque la Celac les cuestiona sus esquemas ideológicos.