•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Cuando George cumplió diez años, su padre, Lawrence James, le dijo que lo llevaría al bosque a recolectar frutos. En el corredor de su casa en Bluefields, meciéndose en el swing, escuchaba sus pláticas y soñaba ser como él, como su abuelo y su bisabuelo. Lawrence alternaba cada año los territorios tal como sus antepasados le enseñaron para recolectar frutos.

Visitaba las zonas de Laguna de Perlas, Kukra Hill y el sur de Bluefields. En Laguna de Perlas se adentraba en las montañas al noroeste hasta Patch River y al norte de Orinoco, entre Wawashang y Punta Fusil. En la región de Kukra Hill recorría Loma de Mico, Laguna Malopi y el sur del Río Kama. En la región de Bluefields hacía el recorrido de Kukra River hasta Corn Creek para luego dirigirse más al sur hasta el río Punta Gorda, pasando Torsuani y Willing Cay Creek.

En el primer viaje descubrió la pasión de su padre; comprendió que la naturaleza había sido generosa con su familia al ver los cincuenta sacos de semilla o nueces de almendro, llamada Ibo, que habían recolectado para ser vendidos en Laguna de Perlas y Bluefields. Los habitantes de esas localidades preparaban con ellas una bebida típica llamada “fresco de ibo” con un sabor peculiar parecido a la vainilla. Conoció el territorio de Laguna de Perlas, su gente, sus ríos, las aves, los animales silvestres, árboles de diferentes tipos, pero quedó impresionado por el Almendro de montaña, no por los frutos ni por su gran tamaño, sino por la simbiosis que existía entre el árbol y las lapas verdes que anidaban en los huecos dejados por las ramas secas y se alimentaban de sus frutos.

George volvió a casa y a la escuela. Cada año, su padre partía a la recolección y con el paso del tiempo la cosecha era menor. Al cumplir veinte años, su padre recogía la mitad de lo obtenido en su primer viaje, pero los beneficios económicos eran mayores ante la alta demanda del Ibo. George escuchaba los lamentos de su padre y pensó que ya estaba muy viejo para las largas marchas, así que decidió acompañarlo nuevamente.

Volvieron al territorio de Laguna de Perlas. Su padre caminaba más despacio, sin entusiasmo y la pasión se había borrado de sus ojos. Está viejo, pensó George, convencido de que era el momento en que su padre debería dejar el oficio. Caminaron la misma ruta hasta las profundidades de Patch River y observó gente nueva en las riberas del río, desconocidos a su padre; eran campesinos pobres que habían emigrado de Chontales y Matagalpa sin ganado, sus casas eran pequeños ranchos de madera rolliza con techo de palma y recién habían quemado el bosque para sus cultivos de frijol, maíz, yuca y chagüite.

Observó que muchos de los animales silvestres habían desaparecido, pero se decepcionó cuando llegaron al punto de mayor recolección de semillas: encontraron un bosque devastado, chamuscado por el fuego, con menos de veinte árboles de almendro, sobrevivientes sin alma porque las lapas verdes habían emigrado. Su padre se arrodilló a su lado y lloró como un niño. George sintió que la sangre quería reventar sus venas y gritó varias veces con la mayor fuerza de su alma hasta caer al lado de su padre.

¿Y qué pasó después?, le pregunté al ver que su mirada se nublaba y esquivaba la mía. Pasaron varios segundos y no respondió. Se incorporó, levantó su mochila y me regresó la mirada.

¡Me convertí en recolector de frutos!, ¡apúrate, la panga está por salir!, exclamó y comenzó a caminar. Lo seguí, salimos al muelle de Orinoco y abordamos la panga hacia Laguna de Perlas.

En el viaje no entendía lo que dijo. ¿Cómo era recolector de frutos si el bosque en todos esos territorios ya había desaparecido con su alma?, me preguntaba. Al llegar a Laguna de Perlas, le di la mano para que subiera al muelle. Tenía sesenta años, la edad de su padre cuando lloró en el bosque y, antes de despedirnos, porque se dirigía a Bluefields, al abordar otra panga, le pregunté.

“Apoyo a los territorios de los pueblos indígenas, doy charlas en las universidades del Caribe, lucho junto a otros por salvar el bosque del trópico húmedo y las lapas verdes”, respondió. El motor de la panga fue encendido y, al girar para iniciar su recorrido, George se levantó, me volvió a ver y gritó: “¡recolecto frutos nuevos!”, “¡nuevas conciencias!”.

 

http://hillron.blogspot.com