León Núñez
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La propaganda política es un factor sumamente importante en la conquista del poder y es también importante para tratar de reducir el desgaste político que generalmente produce su ejercicio.

Un sociolingüista que trabajó en el diseño de la propaganda política de un ex presidente costarricense, decía que el proceso de formación de la propaganda política no puede ser obra de una persona, sino de un equipo profesional interdisciplinario.

En el verano de 1965, por curiosidad intelectual, participé en Madrid, en un curso intensivo de dos meses sobre propaganda política. Se comentaba que los profesores eran expertos en movimientos nacionales de opinión pública. Todos eran sociólogos. Había cientistas políticos, historiadores, economistas, lingüistas, psicólogos... Pero la sociología era la ciencia común a todos ellos.

Aunque la orientación ideológica del curso no tenía como norte la democracia -vivíamos en la época en que Franco era Caudillo de España por la Gracia de Dios- las técnicas de propaganda que enseñaron podían ser utilizadas en el mundo democrático por cualquier partido político, sea cual fuere su signo ideológico. La propaganda política se nos presentaba como una ciencia, y en principio, como una ciencia lingüística. Y creo que tenían razón, por cuanto la propaganda política no se puede concebir sin una utilización estratégica de la lengua, sin un uso efectivo del lenguaje.

El uso efectivo del lenguaje en el discurso político persigue, ante todo, que las personas que escuchan lleguen a sentir o pensar como el que les habla, y que el que habla transmita la impresión de que está identificado con la audiencia. Para crear este ambiente de “reciprocidad” la escogencia léxica es trascendental, cosa no muy fácil de hacer, porque deben tomarse en cuenta, para decidir esta escogencia, una serie de valoraciones económicas, sociales, políticas, culturales, morales... y esto, claro está, no es del dominio de una sola persona, a no ser que tenga la virtud de saberlo todo.

Ahora bien, como el factor de persuasión es el elemento crítico de la propaganda política, el discurso debe tener un horizonte de verosimilitud, una línea de flotación de lo posible, un contenido de probabilidades... En Nicaragua la tónica ha sido ofrecer y no cumplir, presentar lo improbable como probable y las mentiras como verdades, lo que ha traído como consecuencia una generalizada falta de credibilidad en los políticos, quienes también se han especializado en el arte cantinflesco de hablar sin decir nada. Es lo que yo llamo la “mariomorenización de la política”.

No hay duda que la propaganda política no está desligada del coeficiente emocional. ¿Cómo causar emociones? ¿Cómo calcularlas? ¿Cómo administrarlas?

Es importante señalar que no solamente se puede persuadir con argumentos lógicos sino que también se puede convencer con emociones o con una mezcla de ambos. Existen técnicas para dosificar emociones. La elección oportuna de determinados gestos, la repetición tanto léxica como semántica, las diversas formas de repetición, la intensidad de la misma, problemas de fonología, etc., etc., nos revelan que este asunto no es tan fácil como aparenta ser.

No obstante la importancia del dinero para sufragar los gastos de una campaña política, no incluyo el dinero como factor de persuasión. No se pueden comparar los que han sido comprados, los que han sido convencidos con dinero, con los que han sido persuadidos con argumentos o por factores emocionales. Aunque debo reconocer que el dinero emociona a muchos políticos. Les causa entusiasmos delirantes. Y ya en pleno delirio, hasta estiman el dinero no solamente como un argumento lógico, sino como el más contundente y lógico de los argumentos.

He creído conveniente escribir estas brevísimas consideraciones que, de ser tomadas en cuenta, podrían contribuir a que nuestros políticos “opositores” se animen a buscar equipos de expertos que los asesoren en esta materia, en aras de darle al discurso político una gran dosis de emoción, racionalización y credibilidad.