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Hace más de un siglo y medio el antropólogo y viajero Ephraim G. Squier, en su libro Nicaragua, sus gentes y paisajes, describió acuciosamente a los habitantes de Masaya como los más industriosos del país, y en toda Centroamérica se hablaba elogiosamente de la cantidad y variedad de los artículos que se elaboraban, como petates, hamacas, cordelería, zapatos, sombreros y artículos de uso corriente.

Esta comunidad indígena mantiene un valioso prestigio por sus artesanos, guerrilleros e intelectuales; llevan en las venas laboriosidad, perseverancia y humildad, tremendamente experimentadores e innovadores con artesanía, madera, música y campeones de la sátira. Los turistas disfrutan los pintorescos trajes que utilizan en los días de fiesta, verbenas, agüizotes, diablitos, coloridos de folklore y mucho arte, expresando el carisma masayense.

Una industria que se destaca es la elaboración de dulces, jaleas y golosinas; estas han adquirido fama internacional y una demanda creciente; también maderas finas trabajadas con estilo; recordemos que en el siglo pasado se exportaban a Perú y otros lugares de América del Sur.

En las madrugadas ingresan cientos de masayas a los principales mercados y ciudades del país en transportes colectivos colmados de canastos de frutas, verduras, madera o artesanía; viajan en grupos o en parejas, semidormidos, casi arropados por el frio; cuidan su mercadería de forma aprensiva.

Las marchantas esperan impacientes a los lugareños, que linterna en mano y aun en la oscuridad cuentan y entregan el producto por docenas y decenas; su forma de comerciar se asemeja al estilo de los alemanes: todavía tienen palabras y un apretón de manos; la forma de pago es inmediata. Al final de la tarde, rápidamente van al abordaje del transporte colectivo que los llevará a sus hogares a preparar otra carga, para otra madrugada.

Es cotidiano y llamativo encontrarnos a un masaya en cualquier rincón de Nicaragua: venden granos básicos y zapatos en Chinandega y Matagalpa; frutas y verduras en León y Estelí; flores el Día de los Difuntos en Wiwilí; artesanía en Siuna y Bonanza, y en la rivera del Río Coco; presentes en cualquier puerto de montaña y uno que otro comerciante es visto en la Barra del Colorado…

Están por todas partes diseminados, ya sea viviendo de forma temporal o como referentes en los mercados, sea por sector, calle, esquina y tramo; ejemplo es el sector de los masayas en el Mercado Oriental de Managua, o el tramo de las bicicletas en Bluefields. Realizan operaciones matemáticas sin calculadora, charlas sencillas de punto de equilibrio, márgenes de ganancia, buen juicio para obtener pronósticos, presagian la naturaleza incierta de los negocios y las regresiones; no son milenarios como los Mayas, ni tienen principios de comportamiento como los quechuas (no seas perezoso, no seas ladrón y respeta a tus padres), pero su comportamiento cotidiano es similar: trabajadores, humildes, respetuosos, fiesteros, naturistas, no se jactan de cuentas bancarias, ni de amasar grandes cantidades de dinero. Sustento diario e incesante; su consigna es trabajar y trabajar.

Al echar un vistazo por el barrio Monimbó o municipios como Nindirí, Diriá y Catarina, se observan mejoras en estructuras y fachadas de sus casas; su progreso ha sido paulatino y sostenido; los gobiernos locales han mejorado las calles y el drenaje de forma notoria; sus estilos conservan costumbres e idiosincrasia sin perder lo moderno y actual.

Las escuelas de Administración de Empresas o de Negocios de las Universidades Públicas y Privadas deben incentivar los Estudios de Casos para este segmento de la población, dignos de una observación y caracterización que describa su comportamiento y ejemplo. Son la nueva clase media de nuestro país; realizan negocios desde hace cientos de años; verdaderos equipos de empresarios y pequeños empresarios; visten y se comportan de forma campechana, agresivos al hacer negocios, podríamos llamarles nuestros tigres económicos, que poco a poco esperan su oportunidad.

 

erickj_brenes@hotmail.com