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Nadie o casi nadie se pone a pensar, cuando habla, del origen remoto de muchas palabras que – a primera vista- nos parecen de pura cepa española. Es el caso, entre otros, de voces árabes que entraron primero a caballo con los conquistadores españoles como ojalá (‘quiera Dios’), tarifa (‘tabla de precios’) y sobre todo los quintales de nuestro oro de subidos quilates que se llevaron por barcadas.

¿Quién se acuerda de un galicismo como la mortal nicotina, que se ha llevado a la tumba a muchos fumadores con cáncer en el árbol respiratorio, cuyo nombre se debe al apellido del francés Jean Nicot (1530-1600) quien, estando de embajador de Francia en Lisboa, envió tabaco a Catalina de Médicis en 1560 para curarla de migraña, introduciendo así el término en la patria de Víctor Hugo?

Uno no lo advierte tan fácilmente, pero nuestros indígenas le pusieron Malacatoya al río que desemboca en la ribera norte del Cocibolca, porque va serpenteando en su trayecto, como lo delata su raíz náhuatl (malacatl, ‘dar vueltas, girar’, según Mántica).

Por otra parte, llegamos a creer que son genuinamente nicaragüensismos vocablos como “guachimán” (del ingl. watchman) o chatarra (del vasco txatarra. ‘lo viejo’) que se usa en España exactamente con el mismo significado: desecho de metal.

En verdad, el préstamo -resultado de los intercambios lingüísticos creados para facilitar la comunicación- es uno de los principales recursos para el enriquecimiento constante de un idioma como el nuestro, que ha ido ampliando y renovando sus posibilidades expresivas a lo largo de su historia, particularmente a través de etapas bien marcadas como la época de la entrada de arabismos durante el dominio musulmán de la península ibérica, la incursión de galicismos en el medioevo y sobre todo a partir de la Ilustración, la oleada de indigenismos con la irrupción de los españoles a nuestras tierras, la introducción de italianismos durante el Renacimiento, y la incorporación de anglicismos a partir del siglo XIX con el predominio político, económico, social y tecnológico del mundo anglosajón.

Pero, ¿cómo se incorpora un préstamo o extranjerismo? Una de las condiciones responde a un motivo que el hablante, consciente o inconscientemente, debe tener para el préstamo. El motivo puede ser de distinta naturaleza; por ejemplo, designar una realidad nueva para la cual la propia lengua no tiene la palabra particular y precisa, como huracán, el indigenismo que los españoles adoptaron del taíno durante los años del Descubrimiento, después que se vieron azotados por vientos impetuosos y temibles que arremolinaban las aguas del Caribe y destrozaban los frágiles mástiles de las carabelas.

Otro tipo de motivación es el prestigio de una lengua. En el siglo XV, España se deslumbra ante el lujo y la cortesía franceses, y desde el siglo XVIII se lee en España todo cuanto produce su admirada vecina. Así penetran en nuestro idioma galicismos como garaje, hotel y restorán. Darío introdujo, entre otros, el azur (azul) en su “Sonatina” de Prosas profanas (1896):

“Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,

ni los cisnes unánimes en el lago de azur”.

Pero el uso de un extranjerismo no siempre responde a criterios de necesidad o prestigio. A veces, el préstamo agrega un matiz o se siente más suave al oído, como blúmer (del ing. bloomers), más romántico que el bayunco calzón; tal vez se prefiere por el menor número de sílabas (parqueo es más corto que aparcamiento), o se difunde masivamente porque resulta simpática y la palabra recién importada pase al uso más o menos general y se transmite a las generaciones subsiguientes (delicatessen, del al. delikatessen).

En la época moderna, es frecuente el uso -o el abuso, casi siempre- de anglicismos por mero esnobismo, moda o alguna otra preferencia no exenta de algún capricho. Es lo que ocurre con el verbo transitivo accesar (del ingl. to access) con el sentido de ‘tener alguien acceso a información o datos contenidos en un sistema informático’, que el Diccionario de americanismos terminó por incluir como de uso en Estados Unidos, México, Guatemala, Honduras, España, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, República Dominicana, Puerto Rico, Colombia, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Chile.

Pero la perfecta adaptación de líder muy poco nos trae a la memoria su origen anglicista. Bertil Malmber, en la América hispanohablante (1970), nos recuerda que en los años cuarenta -durante el régimen de Perón- había que crear un vocablo para denominar la capacidad de conducción y de mando del político argentino, por lo que hubo que recurrir al préstamo líder, del inglés (leader), porque la palabra española caudillo estaba cargada de connotaciones peyorativas. Los caudillos, afirma el lingüista, fueron “caciques provinciales, rudos e incultos, odiados por un pueblo que todavía guardaba su recuerdo”.

 

* Escritor y lingüista. / rmatuslazo@hotmail.com