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Cuando los hombres no consiguen entenderse a través de instituciones, solamente quedan dos caminos que conducen al poder: el camino de la conjura o el camino de la conspiración. Se suelen confundir ambos caminos, pero son distintos. Aunque el diccionario diga lo contrario, conjura y conspiración no son sinónimos.

El conjurado actúa en el secreto; el conspirador en la clandestinidad. No es lo mismo lo secreto que lo clandestino. Lo clandestino es abierto. La filosofía lingüística es sumamente reveladora. Existe el término clandestinidad, pero no existe el término secritud. Por lo tanto, es más fácil entrar en la clandestinidad que entrar en lo secreto, en la conjura.

La conjura tiene su máxima expresión política en el golpe de Estado y está casi irremediablemente ligada al atentado. En cambio, la conspiración tiene su manifestación política más acabada en la agitación, la propaganda, la diplomacia y la guerra. Estos cuatro elementos conforman la estructura de la conspiración. La conjura no tiene estructura. Nace al conjuro, al hechizo del poder. No hay una elaboración teórica y su justificación se agota en el pretexto. Por esta razón, la vida de la conjura es fugaz. Se consuma en un instante. Se define en un momento. Desaparece como por ensalmo. La conspiración, por el contrario, participa de la naturaleza de la acción continua, planificada, sostenida..., que puede durar muchos años.

Antes de julio, de 1979, todo el mundo estaba enterado que existía una conspiración contra el régimen de Somoza. Se sabía que fulano, zutano, etc., actuaban, andaban, vivían, estaban, luchaban... en la clandestinidad. Es decir, que se conocían los nombres de muchos conspiradores. Esto no es posible en la conjura. Su existencia es un secreto. No trasciende los límites del reducido círculo de conjurados. Sus nombres no son del conocimiento público. La conjura mientras no se conoce no existe.

La conjura empieza a conocerse desde el instante mismo en que se hace pública, que coincide precisamente con el momento en que se produce su desenlace, con el momento en que triunfó o fracasó el golpe de Estado.

Con la llegada de doña Violeta al poder, el camino político de la conspiración está agotado. Todo intento de derrocarla a través de un movimiento conspirativo es un contrasentido histórico. La desaparición de los regímenes marxista-leninistas en Europa Oriental, el fin de la guerra fría, el evidente “acomodamiento” de casi todos los altos dirigentes políticos del Frente Sandinista de Liberación Nacional y su nueva “mentalidad burguesa” nacida en un proceso de adaptación a las nuevas circunstancias, nacionales e internacionales, hacen muy difícil, por no decir imposible, una conspiración ni siquiera una conspiración en el sentido en que la concibió Robespierre, quien tuvo todas las trazas aparentes de conspirador, pero sin llegar a serlo, pues cuando fue ejecutado estaba a medio camino entre la conjura y la conspiración.

Descartada la conspiración, en Nicaragua la lucha por el poder únicamente puede definirse en la conjura o en un escenario institucional. Si los nicaragüense no somos capaces de crear verdaderas y efectivas instituciones democráticas, si por excluyentes, maniqueístas y dueños de la verdad no tenemos capacidad de comprensión institucional, si persistimos en el error de asumir siempre el papel de jueces severos e implacables de los demás, la crisis –las asonadas callejeras, el caos, etc., - al desbordar los cauces de racionalidad, podría hacer inevitable la conjura, el golpe de Estado. ¡Hagamos las cruces para que no suceda!

Pero no olvidemos a Talleryand susurrando al oído al general Bonaparte un verso de Voltaire: «el primero en ser rey fue un soldado afortunado». Es el ingrediente personal. Es la melodiosa instigación. Es el hechizo del poder. Es el golpe de Estado del 18 de brumario. Es el salvador. Es la dictadura. Yo no creo que en similares situaciones haya alguien predestinado a dar el golpe. Si Napoleón no hubiera querido actuar, otro general lo hubiera hecho.

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