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El presidente Obama y los hermanos Castro viven su último mandato, sin posibilidad de prórroga. Y aun hay un tercero, el del presidente venezolano Hugo Chávez, cuya continuidad se presta a confusión. Todo ello puede influir en el futuro de la Gran Antilla.

Cuba está cambiando. Las reformas de Raúl Castro, cuya presidencia ha convertido a Fidel en una especie de Espíritu Santo, apuntan a la formación de una economía mixta, con un espacio para el mercado; la descentralización con la separación entre Iglesia, quiero decir Partido, y Estado; y la limitación del tiempo de ejercicio de los gobernantes, con algún grado de libertad al ciudadano como el permiso para permanecer hasta 24 meses circulando por el mundo.

Pese a todo ello, Cuba sigue siendo una dictadura, que parece lo único capaz de imaginar el castrismo para su país. Y América Latina cambia también, como prueba el éxito diplomático de La Habana que representa la designación de Raúl Castro como presidente por 2013 de la CELAC, organización de Estados de América Latina y el Caribe, efectiva desde la semana pasada en Santiago.

Las reformas raulinas, delicadas como un pase de muleta, encuentran graves dificultades, según el economista cubano Carmelo Mesa Lago, porque hay “disenso en la cúpula de poder, así como en los niveles intermedios”. Unos se oponen a las reformas -sobre todo en el exilio de Miami- porque piensan que si no las hay la exacerbación autoritaria puede hacer caer el régimen; y otros, en la isla, como señala el analista Arturo López Levy, porque temen que menoscabe su suntuario disfrute del poder.

América Latina parece creer, sin embargo, que hay que dar una oportunidad a este castrismo segunda versión. Y con ello la presidencia de la CELAC constituye todo un reconocimiento, un borrón y cuenta nueva para uso externo. Primero, porque simboliza el fracaso de la política de aislamiento practicada por Washington, que no ha hecho sino apuntalar el régimen y aureolar a Fidel como héroe del nacionalismo latinoamericano, al tiempo que le permite apuntarse un triunfo al chavismo, que fue quien más luchó para incluir a Cuba en los cónclaves de la zona.

Segundo, se instala un cierto respeto al pluralismo ideológico, o deber de no injerencia en los asuntos del prójimo, también llamados soberanía nacional; pero, aun más, es la consagración de la primacía de los intereses regionales económicos sobre los políticos, que acompaña una creciente autonomía exterior de toda Iberoamérica. Ya no son solo las aventuras imperiales de Washington las que crean un margen de maniobra al antaño patio trasero, sino que se lo toma libremente cualquier Gobierno de la zona. Y tercero, que la posición común europea frente a Cuba, de una relativa dureza, debería dormir el sueño de los justos.

Mesa Lago cifra en la reforma agraria el eventual éxito del plan. La Habana ha distribuido desde 2008 1,5 millones de hectáreas de tierras ociosas y tiene otro millón en la faltriquera, con lo que ha beneficiado a 100.000 pequeños productores a razón de una media de 67 hectáreas por parcela. Pero aunque las tierras se entregan solo en usufructo, los plazos de explotación son, según el economista, demasiado breves y la libertad de comercialización muy limitada. El permiso de salida depende, igualmente, de la voluntad burocrática, porque las autoridades gozan del privilegio de conceder pasaporte.

Obama no puede ya perder elecciones presidenciales e, igual que impulsa una reforma migratoria, quiere replegar a gran parte de las tropas de Afganistán y no emprender otras guerras; podría hacer algo en este cuadro caribeño si el Gobierno raulino diera facilidades. Con el futuro de Chávez en el limbo, tanto si se mantiene la ayuda venezolana en su integridad porque facilitaría el éxito de las reformas, como si esta disminuye o cesa, porque podría obligar a reformas mayores, la expiración del mandato caraqueño podría acabar siendo el más decisivo de todos.

 

El País, España.

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