Jorge Eduardo Arellano
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Hace ya algunos años, escribí un texto de Historia de Nicaragua para los niños y las niñas, ilustrado dinámico, y, principalmente resaltaba la cultura de la paz, la tolerancia y los derechos humanos.

Tuvo una recepción enorme de parte de los padres de familia y de los niños y niñas. Me sentí muy entusiasmado, cuando el doctor Jorge Eduardo Arrellano, Presidente de la Academia de Geografía Historia de Nicaragua, me expresó que se tenía que publicar un millón de ejemplares para que todos leyeran esta obra “única en su genero”.

Luego, en el ya desaparecido suplemento “Planeta Caricatura”, se comenzó a publicar por entrega la historia de Nicaragua, y lo combinábamos con ejercicios, donde el humor y el ingenio también tuvieran presencia. Con Marisela Quinta realizamos un CD multimedia, donde los personajes interactuaban y conversaban entre sí.

Pretendía hacer una historia que no fuera aburrida, que los niños y niñas no tuvieran que memorizar las fechas, sino que al contrario, jugando, aprendieran.

También perseguía desarmar la historia, porque recuerdo que en los libros de historia con los que yo estudie se exaltaba el carácter épico de las guerras y se destacaban a los personajes relacionados solamente con el manejo del poder. También se minimizaba la participación de la mujer, de los niños y niñas, y de las etnias de la Costa Atlántica.

Desde mi punto de vista, este tipo de historia era en parte la prolongación de las guerras civiles que se dieron con violencia y saña durante los siglos XIX y XX en nuestro país.

Mi pretensión al escribir una historia de este tipo era que los niños y niñas conocieran nuestro pasado, que directa o indirectamente incide en nosotros, para que aprendiéramos de él en toda su riqueza, para que los interpretáramos en su contexto; asimismo, promover a través de ella los derechos humanos, de los niños y niñas, la identidad nacional y los valores de la Cultura de la Paz, entendido estos como el respeto a la vida, la libertad, la justicia, la solidaridad, la tolerancia, el rechazo a la violencia en todas sus formas y la igualdad entre hombres y mujeres.

También, en esta historia destacaba los períodos en que los nicaragüenses hemos logrado por medio del diálogo y la negociación la paz. También hacía énfasis en los logros culturales, educativos y científicos, más que en las hazañas militares y en las guerras.

Es decir, se hacía más énfasis en el entendimiento que en el enfrentamiento.

Pretendía que fuera no un catecismo histórico, sino más bien una historia para que los niños y niñas se divirtieran, pero al mismo tiempo pensaran y reflexionaran con el fin de que ellos mismos fueran construyendo sus propios saber y valores.

Estaba convencido que con la ayuda de la enseñanza de la historia, los niños y las niñas lograrían construir en un futuro próximo, una Nicaragua sin odios, rencores, exclusiones y violencia de ningún tipo. Que prefirieran el diálogo y la negociación antes que el enfrentamiento bélico, ya que en el pasado solamente nos ha dejado enormes pérdidas materiales y humanas.

Aunque le propuse (junto al doctor Melvin Wallace, editor del libro) al Ministerio de Educación, y a su ministro de entonces, que cedía mis derechos de autor, y que las ganancias fueran a un fondo común con el fin de comprarles libros a los niños de escasos recursos, nunca recibí ninguna respuesta.

La primera edición rápidamente se agotó, pero también mi esperanza de que este libro, que era novedoso, fuera asumido oficialmente en las escuelas de secundaria.

Por esa razón no me sorprende que en los reportajes publicados por EL NUEVO DIARIO se cuente que los niños y niñas no quieren saber de la historia de Nicaragua, por ser aburrida.

Sigo considerando que la historia, que se debe enseñar en los colegios, debe de ser con el fin de edificar un mundo menos violento, más solidario y tolerante; pero también, con una pedagogía novedosa, dinámica y llena de ingenio, para que sea atractiva para los niños y niñas de Nicaragua.