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Consciente o inconscientemente, los diplomáticos ticos propinan un trato cruel y humillante a los cientos, tal vez miles de compatriotas nicas que diariamente acuden al consulado de Costa Rica en Managua para obtener una visa de ingreso al vecino país, o simplemente para autenticar los documentos que necesitan en sus gestiones de estudio o de trabajo en la nación del sur.

Para una gestión o para otra, en diferentes horarios, las filas de asoleados compatriotas se extienden por más de cien metros y doblan hacia el occidente por la esquina norte del consulado.

Pero en horarios tan estrechos como de 7 a 11 AM para visas y de once a doce meridianas para autenticaciones, apenas una minoría de los fatigados solicitantes logran ser atendidos, ya que, a la hora en punto, y por instrucciones de los diplomáticos, policías nicaragüenses y centinelas de agencias privadas enllavan los portones sin ninguna misericordia para aquellos que, incluso, han hecho fila hasta por tres días seguidos.

Mientras tanto, sin saberse con quién están aliados, o si son simplemente estafadores, siniestros individuos ofrecen secretamente una entrada rápida por la bicoca de veinte dólares, cantidad impagable para la gran mayoría de gente pobre que ha hecho verdaderos sacrificios para conseguir los 32 dólares que cuesta una visa, o bien, los abusivos 40 dólares que cuesta imprimir un simple sello sobre la hoja de papel que legitima para efectos costarricenses una partida de nacimiento o una hoja de calificaciones escolares.

Ante la contemplación de tanta iniquidad, los sufridos usuarios en la fila piensan que la humillante xenofobia que achacan a Costa Rica empieza en el propio consulado de Managua, o que el trato se endurece a medida que Nicaragua denuncia internacionalmente la trocha costanera del río San Juan, o que reclama sus intenciones de navegar libremente sobre el río Colorado.

Yo no creo que la maldad llegue a tanto, y más bien me inclino a pensar que los funcionarios consulares costarricenses sencillamente no saben manejar el flujo descomunal de usuarios que llegan ante sus oficinas, y que tampoco se preocupan por revisar y agilizar sus procedimientos, a pesar de que son ríos de dinero los que reciben cada día por honorarios de tales servicios. Allí nadie llega a fiar, y todos más bien pagan por adelantado en la ventanilla de un banco.

A veces me interrogo: ¿Mantendrían esa misma indolencia y se obstinarían en no revisar y agilizar sus procedimientos si los usuarios fueran norteamericanos o europeos? No creo.

Los agentes consulares del vecino país tal vez alegarán que los sufrimientos de la gente de la fila se deban a que en Nicaragua, especialmente en las primeras semanas de cada año, el flujo de usuarios rebasa sus capacidades de atención. Pero la racionalización de los procedimientos y la administración de flujos críticos, en el fondo, es un problema elemental de gerencia que cualquier estudiante de un curso técnico de administración podría resolver.

Lo que falta en el consulado tico, sencillamente, parece ser una voluntad. Esta es la voluntad de gerenciar la crisis para atender más rápidamente a los usuarios.

 

* Periodista. Fue fundador y editor de El Nuevo Diario.

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