Jorge Eduardo Arellano
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Los violentos sucesos ocurridos en León el sábado recién pasado, cuando turbas que se auto identificaron como partidarios del Presidente Daniel Ortega impidieron la realización de una marcha cívica, convocada por organismos de la sociedad civil y debidamente autorizada por la Policía Nacional, representan una peligrosa escalada en el proyecto dictatorial del actual gobierno.

Lo ocurrido en la ciudad de León no solo es una violación a varios derechos fundamentales que nuestra Constitución Política garantiza a toda la ciudadanía, sino también la comisión de actos tipificados como delitos en el Código Penal. Entre los artículos de nuestra Constitución Política irrespetados ese día por quienes mediante el uso de la fuerza y la amenaza impidieron la marcha pacífica figuran: el Arto. 30, que garantiza a los nicaragüenses el derecho a expresar libremente su pensamiento en público o en privado, individual o colectivamente; el 31, que establece la libertad de locomoción; el 40, que tutela la propiedad privada; y el 54, que reconoce el derecho de concentración, manifestación y movilización pública.

Pero, además, los grupos violentos que armados de garrotes, tubos, piedras, machetes y morteros agredieron a los ciudadanos y ciudadanas que no hacían más que ejercer derechos consagrados en nuestra Constitución Política, dejaron en muy mala situación la institucionalidad y el profesionalismo de la Policía Nacional, especialmente a la de la ciudad de León, que fue incapaz de hacer efectiva la protección para los marchistas, pese a que se había comprometido a ello al otorgar el correspondiente permiso. Más bien, la Policía de León, como pudo verse en las imágenes de la televisión, actuó con inexplicable pasividad ante los grupos violentos, que no solo se paseaban frente a ellos con los morteros humeantes, artefactos que se supone están prohibidos por la Policía, sino que, a su vista y paciencia, agredieron a los ciudadanos, invadieron una propiedad privada e incluso incendiaron el automóvil de un diputado que, legalmente, goza de inmunidad. Aparentemente, ese día la Policía de León estuvo sometida a un doble mando: uno político, que le impidió actuar, y otro institucional, que le ordenó imponer el orden.

Los grupos danielistas de León, absurdamente, se adjudicaron como “victoria” el resultado de su violencia, cuando en realidad no hicieron más que ofrecer a la opinión pública nacional e internacional la mejor evidencia sobre la naturaleza autoritaria e intolerante del actual gobierno, que en León dejó ver las orejas de la dictadura totalitaria, de claro corte fascista, que intenta imponernos a todos los nicaragüenses.

En realidad, fueron los organismos de la sociedad civil que convocaron la marcha los que se apuntaron una clara victoria democrática, al actuar con madurez y civismo, y al desenmarcar las verdaderas intenciones del actual Presidente y los métodos represivos, similares a los de la dictadura somocista, con que pretende perpetuarse en el poder.

Un pésimo servicio le prestaron al Presidente Ortega quienes encabezaron los condenables sucesos de León, ya que con su violencia deslegitimaron, por anticipado, el contenido del discurso que el Presidente Ortega se propone pronunciar esta semana en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Le será muy difícil al Presidente Ortega presentarse como un líder revolucionario del Tercer Mundo ante el máximo foro mundial, cuando en su país se dan estos sucesos que preludian la instauración de una dictadura fascistoide, o sea, de extrema derecha.

Los sucesos de León representan también una contundente demostración de la total falsedad de un gobierno que se dice de “Unidad y Reconciliación”. ¿Es que acaso la reconciliación nacional se va a lograr a golpe de garrote, con intolerancia y proclamándose un grupúsculo dueño absoluto de las calles de León?
Ese día también quedó en evidencia que para los simpatizantes del gobierno que participaron en estos hechos delictivos, el odio es más fuerte que el amor, pese a lo que digan las mantas y las camisetas de los “rezadores” de las rotondas de Managua.