Jorge Eduardo Arellano
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Acabo de terminar un seminario de filosofía moral y política para estudiantes universitarios y, una vez más, compruebo la incidencia de los principales pensadores y teóricos en la praxis política, también en este tiempo. En efecto, en algunos momentos las referencias éticas de cuño socrático o aristotélico hicieron fortuna en no pocos políticos para quienes el fin del gobierno era el bienestar integral de los ciudadanos. Probablemente, la existencia de líderes políticos de esta orientación coincidió, quizás no por casualidad, con etapas de fuerte vigor moral. Hoy, me parece que quien triunfa es Maquiavelo y que el nivel de exigencia ética es proporcional a esta manera de ejercer la actividad política.

Las enseñanzas de Maquiavelo dirigidas a Lorenzo de Médicis tienen hoy muy buenos seguidores y muchos, muchos discípulos. Hoy, como quería Maquiavelo, lo fundamental es el poder, el político; como señalaba el rey del cinismo político, debe despreciar toda consideración moral, el poder se debe conservar personalmente porque su fraccionamiento es peligroso. Hay que estudiar detenidamente los deseos de la población y aplicar la dosis de manipulación necesaria; se debe halagar o destruir a los hombres según convenga… Es decir, nos encontramos en el reino de la dictadura de lo políticamente conveniente, sin que las consideraciones morales sobre los medios y los fines deban ser consideradas.

Y esto acampa entre los diversos sectores del arco político, por la sencilla razón de que en Europa se están perdiendo las señas de identidad que hicieron del viejo continente la principal bandera de la libertad y la solidaridad. Ahora, el humanismo da vértigo por su contenido moral y, por el contrario, nos hallamos ante ambientes y espacios en los que la persona ya no es lo fundamental, sino un simple instrumento u objeto que se condiciona, si el caso, a los intereses económicos o de determinados grupos de presión, que son quienes mueven como a marionetas a quienes nos gobiernan. Es un paisaje en el que todo tiene precio, en el que, más o menos, está prohibido o sale muy caro pensar en libertad, en el que llega más arriba quien se dobla más ante el poderoso, en el que hay que tener mucho cuidado con los que se atreven al muy noble trabajo de transmitir algún mensaje o idea.

Las apelaciones, en la orilla republicana, en esta campaña a la presidencia de los EU, a la necesidad de terminar con una forma de gobierno tecnocrático, que sólo atiende y beneficia a los intereses de determinados grupos y colectivos en lugar de atender al bienestar general e integral de todos, supone la defunción de Maquiavelo. Por eso McCain y Palin lo tienen difícil; porque luchar contra los intereses de los poderosos, sobre todo los de Washington o New York, es complicado.

En fin, las principales referencias del pensamiento genuinamente europeo mucho tienen que ver con la filosofía griega, el derecho romano y el cristianismo. Atenas, Roma y Jerusalén fueron durante siglos los principales centros del progreso. Hoy, si queremos recuperar el pensamiento abierto, plural y dinámico, tendríamos que dirigir nuestra mirada hacia una manera de entender la vida en clave de compromiso real, efectivo y radical con los derechos humanos que lleve a llamar a las cosas por su nombre, sin aceptar acríticamente determinados atentados a la dignidad del ser humano en nombre de la igualdad de las culturas o multiculturalismo.

Probablemente, el problema radica en que el pensamiento dominante y su corte de aliados: consumismo, materialismo, hedonismo… acaban por eliminar o borrar de la conciencia cualquier atisbo de compromiso personal que no sea la inmanencia o la exaltación del ego. Finalmente, la fuerte carga consumista que nos invade, sorprendentemente alimentada en los aledaños del socialismo insolidario, impide que veamos la realidad tal y cómo es. De ahí, por ejemplo, que se proclame implícitamente como terapia política: tanta manipulación como sea necesaria y tanto pan y circo como sea menester para tener al pueblo entretenido. Mientras tanto, se van invadiendo todos los ámbitos de la vida social: educación, sanidad, familia. Todo se politiza y se va instaurando una sibilina dictadura que reza así: si quieres estar bien no pienses demasiado, disfruta de las dádivas y regalos públicos, nosotros nos encargamos de la formación y educación de tus hijos, nosotros proveeremos a tu bienestar y al de tu familia. Sólo tienes que sumergirte en este fabuloso mundo de luz y color y, por favor, no pienses, que para eso estamos nosotros.

Si Maquiavelo levantara la cabeza, se quedaría asombrado de cómo sus discípulos han seguido al pie de la letra sus lecciones sobre la conservación y mantenimiento del poder al margen de cualquier reflexión ética.

Hoy, aunque duela escribirlo, vivimos en una amoralidad radical de la que no tengo duda alguna que saldremos en no poco tiempo. Mientras tanto, entre tanta adulación y tanto juego de poder, entre tantas cesiones y claudicaciones, encontramos discursos como los de McCain y Palin que, al menos, invitan a la reflexión, al pensamiento, al reformismo, que para los tiempos en que estamos ya es bastante. Pensar de vez en cuando no viene mal. Más bien, todo lo contrario.

*Catedrático de derecho administrativo.