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El Instituto Pedagógico de Varones de Managua, ahora Instituto Pedagógico La Salle, cuyo centenario de fundación conmemoramos este año, abrió sus puertas como Escuela Normal el 16 de junio de 1913. También cumple cien años de fundado el Colegio La Salle de la ciudad de León, antes Colegio Beato Salomón. De esta suerte los lasallistas de Nicaragua tendremos este año una doble celebración.

Cuando ingresé al Pedagógico, la benemérita institución tenía ya 27 años de existencia y gozaba de gran reputación. Aun no se ha borrado de mi memoria aquella mañana del mes de mayo de 1940, cuando mi hermano Guillermo y yo, de la mano de nuestra madre, caminamos las pocas cuadras que separaban nuestra casa del portón del Pedagógico. Habíamos sido matriculados, Guillermo en primer grado y yo en infantil. Para entonces, ambos ya habíamos aprendido a leer y escribir en la escuelita de las niñas Salvatierra, solteronas vecinas nuestras.

En el Pedagógico, el aula de infantil estaba contiguo al comedor de los Hermanos Cristianos y distante de las aulas y del patio de recreo de los alumnos de primaria. El maestro Félix era el maestro de infantil. El maestro Félix notó que yo estaba perdiendo el tiempo en infantil y a los pocos meses recomendó mi traslado al primer grado, donde el profesor era el maestro José Antonio Duarte. Me sentaron en el mismo pupitre con mi hermano mayor Guillermo, quien tenía especial talento para las matemáticas. Cuando llegué al primer grado, con varios meses de retraso, mis compañeros ya habían aprendido a multiplicar y a dividir por una y dos cifras. Yo me sentía perdido y no me quedó más remedio que auxiliarme echándole una mirada a los ejercicios de mi hermano, algo que generó en mí cierta dependencia de él en el campo de las matemáticas, y que solo pude superar hasta cuando el Hermano Agustín, nuestro profesor del sexto grado, nos puso en pupitres diferentes.

Inolvidable me resulta el Hermano Bernardo, encargado del segundo grado, quien era un pintor extraordinario. El fue el autor del enorme retrato de San Juan Bautista de La Salle, que se colocaba al fondo del altar mayor de la vieja catedral de Managua en las fiestas del santo fundador de los Hermanos Cristianos. Pero además, era filatelista, y mi hermano Guillermo y yo canjeábamos estampillas con él.

En tercer grado nos tocó el Hermano Germán, quien me recomendó para el coro del Colegio. En cuarto grado el profesor fue el Hermano Florencio y en quinto grado el estudiante de la extinta Universidad Central de Managua, Carlos Frixione, quien siempre asistía a las protestas callejeras de los universitarios en 1944 en contra la reelección de Somoza García. A veces llegaba a la clase con señas de los golpes que recibía de los guardias.

De toda la primaria, mi personaje inolvidable es el Hermano Agustín (Eustaquio Santamaría Rodríguez), quien me impulsó a valerme por mi mismo, a tal punto que en pocos meses compartía con mi hermano el primer puesto. Era un buen pedagogo, y nos hacía aprendernos poemas de Rubén Darío como “La Ley escrita”, de Gabriel y Galán y de otros poetas.

Aun recuerdo estos versos del comienzo del poema “El Nazareno”: “Cuando pasa el Nazareno /de la túnica morada /la mirada del Dios bueno /y la soga al cuello echada…” etc. O aquel otro, quizás de Espronceda, sobre un capitán pirata: “Con diez cañones por banda /viento en popa a toda vela /no surca el mar sino vuela /un velero bergantín…”

Toda la clase aprendió a cantar en coro. El sexto grado del hermano Agustín era célebre por sus horas de canto. Todavía recuerdo, y canto para mí, de vez en cuando “El niño de las monjas”. Al Hermano Agustín lo vi por última vez en Caracas, Venezuela, en casa de mi hermano Armando. Estaba ya jubilado y muy anciano, con su cabello todo blanco.

Puedo asegurar que recibí de los Hermanos Cristianos una excelente educación primaria que, además, puso en mí los fundamentos de mi fe católica. El supervisor de primara era el Hermano Eugenio, alto y delgado. Le decíamos “Gulliver”. Y en una ocasión, una madre de familia llegó al colegio preguntando por “el Hermano Gulliver”. El Director en esa época era el Hermano Antonio Garnier, a cuya bondad y fructífera trayectoria me referiré en otro artículo.

 

Managua, febrero de 2013.

* Jurista, educador y escritor.

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