Alberto Alemán
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La recién concluida cumbre del SICA en San José evidenció otra vez la frialdad de las relaciones y el alejamiento mutuo entre Nicaragua y Costa Rica, al no asistir el presidente Daniel Ortega a la cita regional.

La ausencia de Ortega, no obstante, no es caprichosa o antojadiza. Es simple reciprocidad diplomática. Es aplicar a un socio el mismo tratamiento que le ha dado a la otra parte. Durante la presidencia nicaragüense del SICA, la presidenta costarricense Laura Chinchilla no vino a las cumbres regionales, enviando al canciller Enrique Castillo y, en ocasiones, al viceministro Carlos Roverssi, uno de los más agresivos y vociferantes funcionarios durante la parte más agitada del conflicto limítrofe en el área de Harbour Head, o de la isla Portillos, como estila el lenguaje de la CIJ.

No es ninguna revelación asombrosa establecer que el origen del distanciamiento entre los dos países está en los diferendos territoriales y en el asunto de los daños al San Juan por la construcción de un vía a lo largo de más de 100 km del río, y en sendas demandas en la Corte Internacional de Justicia (CIJ).

Declaraciones duras, muchas veces por funcionarios de mediana categoría, han echado más chile a la sopa.

El resultado de estos choques ha sido el profundo estancamiento de las relaciones bilaterales. Como hizo el expresidente Miguel Ángel Rodríguez, la administración de Chinchilla “sanjuanizó” todos los contactos.

Del lado costarricense, el asunto se ve como una agresión y una invasión al territorio nacional por parte de Nicaragua. Así perciben “el asunto de isla Calero” la opinión pública y los medios.

Más allá de los gobiernos, Nicaragua siempre ha estado dispuesta a dialogar. Nuestra posición jurídica es sólida. La soberanía del río San Juan es indiscutiblemente de Nicaragua, solo nuestras autoridades pueden navegar armadas, tenemos derecho a dragarlo y a establecer el régimen de su uso y navegación civil. El fallo de la CIJ de 2009 confirmó todo eso y reafirmó la validez del Tratado Jerez-Cañas de 1858.

Esa sentencia supuso el fracaso de la pretensión costarricense de romper el candado de la soberanía nicaragüense con una declaración de que las aguas del río son internacionales, lo cual la CIJ rechazó.

Voces sensatas, como el destacado jurista Dr. Mauricio Herdocia Sacasa, llaman al diálogo de vecinos para solucionar pacíficamente las diferencias. Es una opinión que comparto.

Costa Rica afirma que tiene disposición al diálogo, como escribió el canciller Castillo en El Nuevo Diario (Opinión, 27 de diciembre de 2012).

Sin embargo, el país vecino insiste firmemente en que los ciudadanos nicaragüenses que permanecen en una parte de la isla disputada deben irse, pues así lo disponen las medidas cautelares que emitió la Corte en el caso. De otra manera, no habrá diálogo.

Tuve la oportunidad de viajar recientemente por esa zona y ver que un grupo de integrantes de la Juventud Sandinista tiene allí un campamento. Los militares nicas pueden verlo.

Sin embargo, deseo preguntar al canciller Santos y a la Secretaria de Comunicación, doña Rosario Murillo: ¿Cuál es el beneficio de permitir esa presencia, que aunque no es oficial, echa más sal en la herida y endurece las posiciones vecinas? No veo mucha ganancia en ello. Esto podría ser pernicioso en cuanto al veredicto final del caso.

De ser retirados esos jóvenes, seguramente muy entusiastas y bien intencionados, se quitará un pretexto al gobierno tico para seguir evadiendo el diálogo, y se privará de leña al fuego de los elementos antinicaragüenses más recalcitrantes.

Por otro lado, San José debe deponer su arrogancia y recapacitar sobre la construcción de esa vía “Juan Rafael Mora 1856”. Recorrí dos veces el río, hacia y desde San Juan de Nicaragua, y no pude ver que las personas lo utilicen. No se ve campesinos caminando, a caballo o en bicicleta. La trocha está en partes a menos de 10 metros de la orilla. Fue hecha sin planos, sin estudio de impacto ambiental, violando la ley y no sirve, pues ya está dañada. Solo produce más sedimentos para el caudal de un río que de por sí sufre por la contaminación que la agricultura tica vierte en los afluentes.

Después de más una década de cubrir como periodista los conflictos territoriales de Nicaragua, he llegado a la conclusión de que no habrá viraje en las relaciones bilaterales a menos que Costa Rica renuncie a sus históricas pretensiones de controlar el San Juan o de ganar derechos progresivamente, la estrategia de siempre. Pero esas líneas históricas no cambian tan rápido.

Pese a esta dosis de realismo, secundo a las voces sensatas de ambos lados que apuestan por el diálogo.

 

*Analista y periodista.