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Eran aquellos tiempos cuando los hombres preferían el exilio antes que doblar la cérvix para aprobar el crimen o aceptar la prebenda. En uno de aquellos tiempos existió el destacado orador y periodista hondureño Alvaro Contreras (1839-1882), cuya historia se la hubiera tragado el olvido si no fuera porque fue el padre de Rafaela Contreras Cañas, primera esposa de nuestro poeta Rubén Darío y por su compromiso social y político como periodista y orador, y por ser un apasionado defensor del unionismo centroamericano.

Vir bonus peritus dicendi, decían los romanos: el hombre bueno, perito en el arte del buen decir. Quedaba así destacada la más sustancial cualidad del orador: su probidad. Y Alvaro Contreras fue un hombre probo, que no sólo tomaba la frase elocuente, el vigor expresivo del verbo y la musicalidad de la palabra, sino también la ejecutoria honrada y digna del hombre patentizada con el hecho vivo. La simulación de una virtud en un discurso o de un ideal que no se practica es lo que convierte al orador en farsante, pero Contreras igual que José Martí supo predicar con el ejemplo.

Darío en su autobiografía diría de él “Fue este hombre vivaz y lleno de condiciones brillantes, un verdadero dominar de la palabra. Combatió las tiranías y sufrió persecuciones por ello”. Y fue cierto. Cuando en Honduras asume su primer mandato (1864-1872) el conservador José María Jiménez y comienza a concentrar poder, Contreras inicia una campaña patriótica, por lo cual fue expatriado hacia El Salvador, aquí participa con José Trinidad Cabañas en un movimiento en contra de Francisco Dueñas, conservador consumado y anti- unionista, que lo llevaría al exilio a Panamá y luego a Costa Rica en 1865.

Cuando en ese país es electo presidente Jesús Jiménez Zamora (1869-1872), se inicia una era represiva. Entre los más prominentes opositores de Jiménez estaba Contreras, quien desde el periódico fundado por él, La estrella de Irazú, lo combatía. Se le obligó a guardar silencio y su periódico censurado. Contreras siguió atacando la tiranía de Jiménez, quien sucumbe por un golpe militar en 1870 y asume Bruno Carranza. Un militar golpista, Tomás Guardia, era la fuerza detrás del presidente, y para evitar convertirse en títere, Carranza renuncia y asume Guardia gobernando con mano de hierro. Contreras, con sus encendidos discursos y la sinuosidad de su pluma ataca al nuevo gobierno, siendo condenado a abandonar Costa Rica en 1872, refugiándose nuevamente en El Salvador, donde dirigió El Boletín Oficial, La Opinión y el periódico América Central.

En condición de exiliado llega a Nicaragua en 1876, se establece en León, funda el periódico La Libertad. Aquí se encuentra con el Coronel Félix Ramírez Madregil (casado con Bernarda Sarmiento, tía abuela de Darío), compañero de armas de Contreras en el Ejército Democrático que dirigió Máximo Jerez en contra de Frutos Chamorro en 1854. En esta ciudad visita Contreras la casa de Rita Darío de Alvarado, esposa del cónsul de Costa Rica, y es aquí donde Rubén y Rafaela se encontrarían por primera vez.

Desde el periódico La Libertad, el orador hondureño desarrolló un ataque despiadado contra los gobiernos de Centroamérica, por lo cual, el presidente Pedro Joaquín Chamorro lo conmina a guardar silencio o irse del país. El orador optó por lo segundo y se dirigió a Panamá, en 1878. En 1880 llega a El Salvador, siendo presidente Rafael Zaldívar; tiene la palabra empeñada de no inmiscuirse en política, pero el 15 de septiembre de 1882 es designado para pronunciar el discurso oficial en el acto del descubrimiento del primer monumento erigido en Centroamérica a Francisco Morazán. Atacó sin piedad a los “gobiernos de fuerza”, sus vicios y desmanes, en franca alusión al gobierno de Zaldívar.

Fue llevado a prisión y obligado a hablar días y noches sin detenerse, hasta perder la voz. Murió el 9 de Octubre de 1882. En sus funerales diría Darío: “Y no tuvo discursos oficiales porque la limpidez de su consciencia alejó anticipadamente esas ofensas vestidas de levita traslapada”.

 

* Médico