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Un par de individuos fueron condenados con penas pírricas por depredadores de bosques en Bosawás, supuesta reserva ecológica. Cada pena impuesta accede al beneficio de “suspensión de la pena”, por no pasar de cinco años de cárcel, y por no tener antecedentes los condenados. Desde la imputación y supuesta persecución de estos sujetos, a quienes ni siquiera vale la pena llamar por sus nombres, el inicio del proceso estaba marcado por la impunidad. Así es Nicaragua, existe la corrupción como en todos los países del mundo, con la diferencia que aquí esa corrupción es inmune ante la aplicación de la justicia. Aquí prevalece la impunidad, y eso sí es grave.

Las noticias nos aturden con la tala de miles de manzanas de tierra virgen, todo para dar paso al ganado y venta, lucrativo negocio, de la madera de esos bosques. ¿Cómo hicieron estos pobres diablos sentenciados para talar doce mil manzanas de tierra sin que los altos mandos de Inafor, Policía Nacional, Ejército, Marena, alcaldes y el Estado no se percataran de lo ocurrido? ¿Cómo hicieron para trasladar esa madera hacia un mercado tan lucrativo sin que el Estado no se enterara? ¿Quién autorizó el comercio de esa madera?

El mafioso maderero es más criminal que el traficante de drogas, el que legaliza capital ilícito o el que asesina a otro por una bronca. Esta especie despreciable de destructores está arrasando con las reservas de bosques de nuestra costa Caribe, y lo hacen con el silencio cruel, corrupto y bien pagado, de funcionarios y autoridades del Estado, así como de dizque líderes comunales y políticos costeños.

Entre los más despreciables involucrados en este sucio negocio hay muchos nombres conocidos, y muchas familias con supuesto prestigio de la costa Caribe y del Pacífico, que se dedican a la tala indiscriminada de la ya pobre reserva de bosques. Ellos destruyen nuestro futuro de vida, secan nuestros ríos y aniquilan el clima. Deben ser extirpados de la faz de la tierra como plaga maligna que contamina nuestra existencia.

No es extraño que colonos del Pacífico y centro del país avancen sobre la frontera agrícola destrozando bosques para alimentar ganado, en absoluto desprecio del medio ambiente; y menos extraño que los nativos indígenas, autóctonos de la zona, sean sus férreos oponentes. Viene al caso citar parte de la carta que en 1954 el Jefe Seattle, de la tribu Suwamish, enviara al entonces presidente de los EU, Franklin Pierce, luego que éste le hiciera oferta de compra de sus territorios, que hoy forman el Estado de Washington:

“Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Tanto le importa un trozo de nuestra tierra como otro cualquiera, pues es un extraño que llega en la noche a arrancar de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y una vez conquistada la abandona, y prosigue su camino dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle nada…”

La motosierra que manejan manos criminales aturde con su rugir la caída de cada árbol que no tiene potestad para oponerse a su derribe, mientras el resto de árboles observan impotentes la llegada de su turno para también caer al suelo, y así convertirse en fajos de billetes que engrosarán las cuentas de los madereros y los corruptos funcionarios que autorizan cada tráfico. Y no es que la explotación de la madera sea un crimen, lo perverso está en hacerlo sin la protección de proyectos sostenibles.

Sonríe el maderero y el funcionario inescrupuloso por la entrada del dinero a sus bolsillos, pero sus hijos, igual que los míos y los tuyos, estimado lector, morirán de sed. El gobierno central tiene que hacer algo para detener este crimen ecológico.

 

* Abogado penalista