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En ocasión del II Ciclo Cultural de León “El Arte como expresión de dignidad”, fui invitado por “La Promotora Cultural Leonesa” a disertar sobre el tema histórico “Rubén Darío y la revolución haitiana”. El acto se realizó en la Alianza Francesa el miércoles 16 de enero. El local se vio colmado por la asistencia de personas del pueblo, entre las cuales me sentí satisfecho a plenitud.

Algunos amigos me aconsejaron no asistir, mi esposa se quedó preocupada, pero no podía desconfiar de la calidad moral de las personas que previamente se habían comunicado conmigo confirmándome la invitación, tales como el caballero Dr. Orlando Morales, el Dr. y escritor Juan Centeno y la poetisa Esthelita Calderón.

El vehículo de la Facultad de Medicina arribó puntual a mi hogar, 1:00 PM., cuyo conductor había sido instruido para darme una atención correspondiente a mi edad. Mientras el vehículo rodaba devorando kilómetros, contemplaba con los ojos en pasmo los bordes áridos de la carretera, ahora sembrados de pueblos desarrollados y de casas y edificios policromos. Mi mente divagaba, y confuso me interrogaba a mí mismo: ¿Qué estoy haciendo? ¿No será quijotesca mi intención educadora? Pero oigo la voz de Sócrates diciendo: “A mí me parece hermoso que alguien sea capaz de enseñar a los hombres”, y a Nietzsche que me alienta: “Hay que imitar a Sócrates e implantar de manera permanente contra los apetitos oscuros, la luz diurna de la razón”. Me parece que la naturaleza me ha asignado un protagonismo superior a mis capacidades, y he pensado algunas veces dejar de escribir,

A los heraldos de la verdad se les ha lapidado siempre, en cambio a los apócrifos se les erigen estatuas monumentales. Al publicarse mi artículo “Darío versus Martí”, en END del 5 de enero, un anónimo me llamó hecho una furia. No hablaba, ladraba. Sustituyó el argumento por el insulto, de su boca no salían palabras, sino vómitos de bilis negra. Era una letrina en erupción. Ni por un instante me cedió la palabra, y para ensombrecer aún más su cobarde anonimato, lo hizo desde un teléfono público. El insulto es el arma predilecta del impotente.

Decía anteriormente que quisiera dejar de escribir, pero como nos dice Aristóteles: “Todo hombre habla, obra, y se conduce en la vida según sus carácter propio”. Nadie puede actuar en contra de su naturaleza. Volviendo al asunto medular de este escrito, el tema de mi conferencia fue bien acogido. Los oídos leoneses no estaban acostumbrados a escuchar novedades, ya que en las efemérides darianas todo es repetitivo hasta el cansancio. Definitivamente nuestros intelectuales, por vivir en las estrellas, han estrellado contra el muro ignominioso del olvido, la historia de nuestra América. No hubo preguntas y respuestas. El discurso no lo ameritaba. Quedó establecido con claridad meridiana la posición de Darío contra la lucha del pueblo esclavo de Haití por obtener su libertad, y la de sus oponentes franceses Manfred, Albert Camus, Premio Nobel 1957, y Jean Paul Sartre, Premio Nobel 1964.

Para vigorizar mi exposición terminé con el canto, del siempre paradójico Darío, a la Revolución francesa: “Sí, Dios lo quiere a veces. La sangre, las matanzas, vienen como una triste y aterradora ley; señala lo infinito momentos de venganza, rompe la jaula el águila, quebranta el yugo el buey. Sí, Dios lo quiere a veces, y envía el cataclismo: hace brotar del fondo siniestro del abismo las lívidas borrascas, la negra tempestad; para que surja en medio de la ardua noche trágica, como divina enseña, como corona mágica; tu nimbo constelado de luz, ¡Oh libertad!”

Gracias hermanos leoneses por las múltiples manifestaciones afectuosas de que me hicieron objeto.

 

* Escritor autodidacta. Tel. 2268-9093