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Siempre, a los seres humanos nos ha tentado la curiosidad de tratar de conocer anticipadamente lo que va a pasar en el futuro. Para ello hemos recurrido a todos los medios posibles. Es por eso que desde los tiempos de los faraones en el Antiguo Egipcio existían adivinos, a quienes se les consultaba sobre los posibles resultados de una empresa futura.

En Grecia existían los oráculos, a cuyas pitonisas se acudía en busca de una respuesta de un suceso futuro. En las cortes, durante muchos siglos los reyes tenían entre su personal favorito a los astrólogos, que podían vaticinar cualquier profecía. En el mundo moderno las predicciones acerca de nuestro futuro nos llegan por medio de los horóscopos en revistas y periódicos.

A comienzos de los años sesenta se puso de moda una ciencia que pretendía, entre otras cosas, adivinar el futuro. La futurología partía del hecho experimental de que ciertas causas producen siempre los mismos efectos. La base de esta teoría se basó en el conocimiento científico de las ciencias físicas y naturales.

En América Latina, tanto el positivismo como el marxismo presentaron una visión científica de la sociedad de inexorable cumplimiento. Augusto Comte, con su ley de los tres estados históricos, trató de dar una historia sistemática que culminaría con un estado positivo. Libertad como medio, orden como fundamento y progreso como objetivo, según las palabras de Leopoldo Zea, serían la clave del éxito de esta corriente filosófica.

El marxismo, por su parte, propugnaba que la historia marchaba forzosamente hacia el comunismo; y el motor de la historia era la violencia y la lucha de clases. Pero el problema de predecir el futuro por una serie de hechos concatenados, como lo hicieron las teorías evolucionistas, marxistas y positivistas, falló cuando se le quiso trasladar al mundo de lo social y de lo histórico.

La posibilidad de prever la historia es muy limitada y no pasa más allá de ciertas analogías y tendencias de carácter general, que generalmente no se cumplen. Ciertamente, la historia nos ofrece antecedentes útiles para estudiar nuevas situaciones, por eso está muy lejos de presentar hechos o modelos invariables que tiendan a repetirse con regularidad científicamente verificable.

Es un hecho que cada situación histórica tiene sus propias características, y tiende a ser distinta y requiere mucho más que una mecánica repetición de las lecciones pasadas para poder entenderla. Por eso, Octavio Paz sitúa a la historia entre las ciencias exactas y la poesía; más que un saber, para él la historia constituye una sabiduría.

Hace algunos años ningún historiador o cientista político fue capaz de prever, con alguna precisión, el más importante suceso histórico de la segunda mitad del siglo XX: el colapso de la Unión Soviética y la caída de casi todo el bloque socialista; tampoco previeron que surgiría el terrorismo del mundo islámico, o que un negro sería presidente de los Estados Unidos, o que China sería la primera potencia mundial del siglo XXI.

Si el futuro fuera predecible, la historia y la ciencia política serían ciencias exactas, y por el momento están muy lejos de serlo. Por eso el poeta Heine dijo alguna vez, entre burlón y sentencioso, que “la historia enseña que la historia no enseña nada”. La frase del poeta es de un sarcasmo exagerado, pero tal vez contiene cierta dosis de verdad que a veces no queremos apreciar y mucho menos aceptar.

 

* Historiador.