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He formado un cuenco de amor con mis manos. Entre mis dedos aletea nerviosa, palpitante, la tímida pajarita. Es una hija emplumada de San Nicolás, una nicolasita color café oscuro que emite persistentes susurros, quizá tiene hambre. No lo sé.

La encontramos la última noche de plenilunio del año pasado, precisamente el 28 de diciembre, día de los santos pajarillos inocentes. Rafaela regaba el jardín y de pronto al ruido del agua la avecita salió de un entrevero de geranios, san diegos, coludos y margaritas moradas. Medio volando y medio a rastras fue a ocultarse tras una cortina, donde encogida del miedo la tomé entre mis manos.

¿Qué había sucedido? Los vientos de diciembre derribaron el nido que una pareja alada había colocado en las ramas del mango. El hermanito de nuestra nueva amiguita yacía muerto entre las matas. ¿Qué hacer en tales circunstancias? Imposible regresarla a su vida anterior. Tampoco debíamos abandonarla a la intemperie a merced de los gatos y zorros que bajan algunas noches del cerro cercano. Toda mi familia respiró hondo cuando decidimos hacer a la pajarita miembro de nuestro clan.

Sin embargo, no todo se facilita con buenos propósitos. Con mucha pena de verla prisionera la pusimos en el comedor dentro de una pequeña jaula, de ahí la sacábamos para alimentarla, misión que era difícil, de no ser que inventamos una especie de pajita donde se deslizaba los granitos del alimento que ella deglutía con ansias glotonas.

Sugerí para ella el nombre de Danae porque me pegunté: ¿Qué pasará con ella cuando llegue la hora del amor? ¿Encontrará a su palomo ideal? ¿Se largará para ser libre y conformar un hogar? ¿Por qué Danae? La leyenda dice que un agorero predijo al tirano Acrisio que moriría a manos del hijo de su hija Danae. Para eludir al destino el déspota decidió encerrar a su hija en un sótano de piedra para que nadie la viera, para que nadie la amara. Pero Zeus, que todo lo ve y todo lo puede, se prendó de la joven y convertido en polvo de oro penetró por los intersticios de la piedra, y de su amor con Danae nació Perseo.

Cuando el Zeus pajarito llegue –pensé–, nuestra Danae abandonará su jaula, alzará el vuelo y se irá con su Nicolasito. Un cuento de amor y hadas con final feliz. No han salido así las cosas. Ahora Danae sale de su jaulita, se pasea por la mesa del comedor, da pequeños saltitos, aletea con una alita, ensaya vuelos cortitos, pide alimentos con sus susurros, se deja acariciar por todos y, en fin, vive una vida donde tiene pan, amor, casa y fantasía. Ni por la mente le pasa que tiene que irse.

En estos días he sacado a Danae en su jaula, que he colocado sobre la grama del patio. En varias ocasiones ha recibido la visita de una parejita de nicolasitas… ¿Serán sus padres? Ella no hace intentos de relacionarse con ellos pero con toda tranquilidad deja que se coman su comida. Ocurrió lo que nunca esperamos. Danae está feliz con nosotros y no quiere dejarnos. ¡Qué problema, mis niños, qué problema!

Bueno, Danae… ¿Qué piensas tú? Ya tus alitas están fuertes, ya te alimentas sola, estás metidita en carnes y con el gran buche… ¿Vas a estar siempre de haragana y mantenida? Ella levanta y agita la alita derecha como diciendo: hablemos de otro cosa que ahora soy de la familia.

Ah, caray. ¿Qué vamos a hacer? Lo único cierto es que esté donde esté, decida lo que decida, Danae se ha convertido en un personaje inolvidable para nosotros, que ahora tenemos la suerte de tenerla aleteando jubilosa en nuestro regazo.

 

* Catedrático de periodismo