Alberto Alemán
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Un restaurante en Pekín colgó en la entrada un pequeño rótulo que dice: “En este restaurante no se admiten japoneses, filipinos, vietnamitas ni perros”, lo que desató una polémica internacional y doméstica. El dueño del local aseguró que es una decisión personal. En China misma, hubo expresiones a favor y otras en contra.

Fuera de ese país, las reacciones fueron airadas, denunciando la xenofobia embebida en el mensaje. “Es racismo explícito”, escribió una periodista filipina.

El anuncio evoca un famoso letrero que supuestamente existió a la entrada de un parque en la zona de los residentes británicos en Shanghái en los años 20 del siglo pasado – los historiadores divergen --, cuando los enclaves extranjeros gozaban de la extraterritorialidad, una humillante situación nacida de tratados desventajosos impuestos a una decadente China imperial por las rapaces potencias europeas en el siglo XIX. El letrero decía “Prohibida la entrada a perros y chinos”.

Sin embargo, a lo que hay que prestar atención es a los ánimos nacionalistas presentes y latentes en la sociedad china, y a su sensibilidad a los conflictos territoriales.

Los nacionales mencionados en el letrero del restaurante son todos de países con los que China tiene conflictos territoriales. Con Vietnam y Filipinas, Pekín disputa las islas Spratly en el Mar Meridional de la China, y con Japón, las islas llamadas Diayou (chino) o Senkaku (japonés), en el Mar de China Oriental.

Esas contradicciones tienen varios aspectos: jurídicos, territoriales, históricos y económicos, por supuesto (potencial explotación de gas, pesca, petróleo u otras riquezas no exploradas). El nacionalismo es un demonio temible que duerme en las mentes y los corazones de cientos de millones de chinos, pero que de vez en cuando resurge para lanzar fuego y causar males.

Las reacciones nacionalistas se hicieron cada vez más fuertes desde los años noventa. Por dos razones: uno, el nacionalismo sustituyó al comunismo como ideología movilizadora en la propaganda del Partido Comunista Chino. Dos, en parte, son el resultado de décadas de la enseñanza en las escuelas; los manuales resaltan la lucha del PCC y magnifican el papel que éste habría jugado como salvador de la nación y restaurador de su dignidad, acabando con “el siglo de humillación” a manos de los poderes extranjeros que desmembraron territorios de la Madre Patria.

Tal es el discurso oficial histórico. Y todo aquel gobernante que ceda territorio chino es débil y pierde autoridad moral. Por lo tanto, como no es nada difícil concluir, esto se vuelve un asunto de política doméstica del máximo nivel, pues se vincula con la legitimidad del ejercicio del poder del mismísimo PCC.

Además, las lecciones de la historia no escapan a los dirigentes pekineses. En muchos casos, las dinastías imperiales chinas llegaban a su fin por revueltas campesinas masivas instigadas por el hambre, los abusos e injusticias flagrantes o la agresión extranjera. El emperador perdía el favor del Cielo para mandar, debía ser depuesto, y esa benevolencia era trasladada al sucesor que iniciaba así una nueva dinastía.

El liderazgo comunista chino sabe muy bien que un estallido nacionalista incontrolado de dimensiones nacionales, cuya chispa sería encendida por un asunto territorial, es el equivalente moderno de las insurrecciones campesinas del pasado, el cual puede acabar con la dinastía imperial roja.

Incidentes como el bombardeo de la embajada de la República Popular China en Belgrado en 1999 por un caza estadounidense de la OTAN, desataron violentas protestas masivas en las grandes ciudades que llegaron a causar daños los inmuebles de las representaciones foráneas.

Otro caso de violentas manifestaciones antijaponesas se dio en la pasada década cuando se reveló un incidente de turismo sexual masivo por turistas japoneses. También las ha habido por roces relacionados con las islas Diayou/Senkaku.

Un buen ejemplo que no sólo ilustra las sensibilidades nacionalistas sino también la influencia de la propaganda y la educación es el caso de Taiwán. El asunto de la isla es extremadamente sensitivo para el gobierno de Pekín y para la opinión pública. Es un punto donde existe una posibilidad real de guerra entre China y Estados Unidos.

“No es porque Taiwán es una amenaza a la seguridad nacional china”, escribe la profesora Susan Shirk, connotada experta estadounidense. “Las raíces de la fijación china con Taiwán son puramente domésticas, relacionadas con la seguridad del régimen, no con la seguridad nacional. El público le da mucha importancia porque el PCC le ha enseñado a hacerlo, en los textos escolares y en los medios”.

Es por ello que más que a las disputas territoriales en sí, hay que prestar más atención a sus potenciales efectos desestabilizadores en la política interna de China.

 

* Analista de asuntos Asia-Pacífico