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“Dejad que los muertos entierren a sus muertos”

Karl Marx

 

Marx apelaba a que el contenido revolucionario de las transformaciones necesarias en la sociedad moderna, apuntara hacia el futuro. Invocaba, por ello, que los muertos enterrasen a sus muertos, porque, así (sugería Marx), se olvidasen las frases y consignas de las luchas pasadas, carentes de contenido en la actualidad.

El murillismo, proceso político retrógrado, que incide, indefectiblemente, en un desastroso hundimiento cultural, hará necesario, sin embargo, que la nación vuelva sus pasos y retome como programa de lucha conquistas democráticas antes alcanzadas. Seguramente, es fácil degenerar a una nación sin voluntad de progreso por el esfuerzo colectivo.

El murillismo se asomó a la sala de parto del Estado democrático y, una a una, enterró sus uñas variopintas, para asfixiar a las instituciones nacientes que deberían velar por los derechos ciudadanos.

La tragedia de Sísifo es nuestra, por la indiferencia y abstencionismo individual. Después de remontar al somocismo, sobre una colina de jóvenes muertos, el pueblo se ve empujado cuesta abajo, a una vorágine más honda, en una derrota histórica, también ética, como toda caída hacia el pasado. ¡Cuánto costará, ahora, unir nuevamente en un solo haz tanto reclamo disperso! La condena es esa: remontar –con ilusión consciente- la cuesta nuevamente, pero, sin aventureros demagogos esta vez, que apegados a las costillas, sueñen –como aquellos traidores- con el poder personal y las riquezas.

Por ello, si apuntamos al futuro, no nos sirve ya la vieja consigna: “Después de Somoza… ¡cualquier cosa!”, que nos ha llevado al proceso degenerativo actual. Hoy hay que preanunciar la naturaleza social del nuevo poder. Escribir en las banderas, los “Consejos de trabajadores combatientes”, que se incuban en la lucha misma. La Asamblea Constituyente, que convocará tales Consejos, en el vértice de la victoria, desmontará con la precisión de un forense todo el entramado muerto del poder burocrático, y definirá las bases jurídicas del nuevo poder político, en función de llevar a cabo las transformaciones económicas colectivas incluidas en el programa de las fuerzas sociales que luchan por el cambio político.

El proletariado y las clases medias urbanas se lumpenizaron o tomaron camino hacia el exilio, en un franco retroceso político y social, luego de una guerra civil de más de 50 mil muertos. Luego, también, que la nomenclatura sandinista hundiese la economía nacional, en los años ochenta; y de que se apropiase de los bienes del Estado (en el saqueo infamante conocido como “la piñata”).

En ese contexto reaccionario, los grandes empresarios privados capitalizaron el repudio mayoritario al orteguismo, y formaron un partido tradicional, al que llamaron “liberal”, sin mayor contenido ideológico que el rechazo al peligro orteguista. Inevitablemente, esos políticos improvisados, vieron la oportunidad de enriquecerse a costa de los puestos estatales, con prácticas similares a las del sandinismo. Y se dividieron, a dentelladas y gruñidos, tras el botín.

El orteguismo, por su parte, a base de asonadas, de tranques de carreteras, de golpes de mano, a la cabeza del lumproletariado, forzó a los corruptos a pactos de gobernabilidad e impunidad recíproca, a cambio de cuotas de poder formal. El Estado en formación, ante la pasividad social, adquirió el carácter de un precario mercado de instituciones mafiosamente compartidas entre ambos polos políticos (sumamente emparentados, sin embargo, en el rumbo burocrático de la sociedad).

Con la mayor insensatez e ineptitud, los políticos improvisados del liberalismo, sin programas de masas, fueron a las elecciones de 2006, divididos (luego que reformaron la Constitución, para que se alcanzara la victoria en primera vuelta con el 35 % de los votos, que era el piso sólido orteguista).

Se dividió, lógicamente, el 55.41 % de los votos (antiorteguistas), entre ambos rivales infantiles (28.3 % para uno, y 27.11 % para el otro). Con lo cual, ganó las elecciones el orteguismo, con sólo el 37.99 % de votos.

En adelante, Ortega utilizaría –como era previsible- los nuevos recursos estatales para cambiar, por vías de hecho, la correlación de fuerzas a su favor. El murillismo desbordaría, por la derecha, el programa patronal, reaccionario, de los liberales. Así, al obtener el apoyo entusiasta del sector especulativo del COSEP, les quitaría el corazón.

El pueblo, tendrá que barrer al conjunto reaccionario, desde la izquierda, sin diferenciar con la escoba al más inepto.

 

* Ingeniero eléctrico