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El carácter esencial de un grupo social es la homogeneidad: todos tienen más o menos intereses e inquietudes afines, enfrentan generalmente problemas comunes y utilizan el mismo vocabulario. Es el caso del adolescente en quien su misma edad -una etapa de la vida que va de la pubertad hasta el completo desarrollo de su organismo- constituye un factor importante de cohesión y afinidad grupal.

La unificación lingüística del adolescente se refleja fundamentalmente en el vocabulario. Se trata de vocablos y expresiones que van más allá del centro mismo de sus actividades, para referirse esencialmente a sus propias vivencias y en general a los actos de la vida y sus relaciones de mayor significado como su vida familiar y sentimental, el sexo y sus consecuencias, sus frustraciones y esperanzas, la muerte, etc.

Más receptivos a los cambios científico-técnicos y a los procesos de aculturación, los jóvenes todo lo reciben, todo lo toman, pero con el mismo sentimiento lo modifican de acuerdo con su gusto y necesidad.

El impulso de renovación constante de este lenguaje, como casi todo en la vida humana, tiene su origen en el afán de novedad. El prurito de cambiar por cambiar responde a su natural afán de creación en la juventud y su gusto demoledor: el desprecio de lo viejo, de sustituir lo gastado y gris de sus padres por expresiones irónicas e irrespetuosas algunas veces, pero casi siempre cargadas de humor y sobre todo más pintorescas y expresivas.

Es lo que advertimos en el léxico de nuestros adolescentes. De pleno uso en el grupo, este vocabulario escapa a las restricciones implícitas de sus usuarios para colarse en el ámbito familiar y, en cierto modo, en la vida social del país.

En este proceso de formación de palabras juegan un papel esencial los estudiantes, siempre al acecho de expresiones nuevas y sorprendentes, cargadas usualmente de sentidos metafóricos como recurso inagotable en la incesante creatividad lingüística. Para el caso, baste el fraseologismo calzón eléctrico, que los estudiantes utilizan para denominar a la prostituta, porque evocan en ella rápidos y sostenidos movimientos pélvicos.

En verdad, nuestros adolescentes emplean los principales recursos formales y semántico-estilísticos del sistema de la lengua. Respecto a los recursos formales, citamos dos ejemplos de prefijación: un emplumado es un adinerado, y un encapotado no está protegido de la lluvia sino del sida. De sufijación: un enamorado ha fijado sus sentimientos con una pega duradera, por eso lo llaman resistoleado. De composición: un tipo mediopolvo, aunque sea muy activo, es de baja estatura, pero un chamboa nunca puede ser animoso, porque come como chancho y duerme como boa. De adición: a la persona muy fea la han asociado con un feto, por eso le dicen eufemísticamente fetunia; pero no me explico por qué al bachillerato lo designan bachiburrato. De sustitución: no sé qué tendrán contra algunos hipocorísticos, porque un entrometido es un pancho, y una persona chismosa es una chepa cachimba. De abreviación: un tipo trofeo no tiene nada de qué enorgulleserse, porque es trompudo y feo; y un tarúpido nunca podrá hacer gala de su inteligencia, porque es tarado y estúpido. De permutación: la inversión silábica es un recurso efectivo, sobre todo cuando se desea disimular un término aparentemente bayunco o tabú; así, un estudiante puede hablar delante de la profesora de nepe y chobi, y seguir tan campante. De reduplicación: la repetición de sonidos produce, obviamente, efectos onomatopéyicos, porque el clinclin (trago de licor) imita perfectamente el sonido de los vasos que chocan, y el tiquitiqui (chisme) nos trae a la memoria el tijereteo que produce una lengua filosa haciendo pedacitos la reputación de la vecina.

Los recursos semántico-estilísticos son igualmente productivos. De metáforas, señalamos los siguientes fraseologismos referidos a: enamorar (echar los perros), estar enojado (andar con la regla) y orinar (desaguar las penas); y sobre todo, los que se refieren al acto de poseer sexualmente el hombre a la mujer: comer pescado, marcar la tarjeta, medir el aceite.

Pero hay también muchas palabras tomadas del malespín. Además de nelfis (caderas) y tuani (bueno) que han repetido varias décadas, de modo que hoy corren como nicaragüensismos, nuestros adolescentes ya no hablan de un dolor en la jupa sino de malestar en la cetácea; una persona miedosa tiene pudín, y un tipo sin potrillo (calzoncillo) de seguro está cañambuco.

Esa es la voz de nuestros adolescentes, surgida en el torbellino de la vida moderna, que se distingue con sus rasgos propios: anárquica unas veces, rebelde otras veces, irreverente casi siempre; pero sobre todo sorprendente y creativa.

 

* Escritor y lingüista