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He seguido con interés las distintas opiniones escritas en EL NUEVO DIARIO sobre la educación en Nicaragua ahora que se inició el nuevo año escolar. Considero que es preciso reflexionar sobre lo que entendemos por educación, y la función de los maestros en el proceso de la enseñanza.

A mi juicio, la función esencial del docente es enseñar a pensar, a razonar; esto es más importante que la simple transmisión de conocimientos. Sólo un saber crítico, abierto, crea una persona libre y responsable; y la escuela es el lugar privilegiado para realizarlo, porque puede cultivar el placer del conocimiento como desarrollo de la conciencia, que es lo que distingue al ser humano de las otras especies vivientes.

Crear seres pensantes es lo que hace la diferencia en la calidad de la educación y éste es el espacio ideal de las aulas escolares porque tienen el tiempo y los años para realizarlo, sobre todo si consideramos que la “escuela”, en sus orígines etimológicos, nace con este propósito.

De hecho, en la Grecia antigua la palabra skolé, significaba “recreción”, “distracción”, “ocio” o “tiempo libre”. Era tanto el amor de los griegos por el estudio y el conocimiento, que con esta denominación, el ocio era el momento de descanso que permitía alejarse de las tareas laborales y tener tiempo para reflexionar y pensar.

La “escuela”, nace con un significado gratificante para satisfacer las necesidades del conocimiento y descubrimiento de nuevas ideas. Sucesivamente, los latinos transforman el vocablo griego con la palabra schola, con su significado actual de centro de estudios.

Sería interesante meditar sobre el significado griego de la palabra, ya que actualmente el “ocio”, es percibido de manera negativa, como un “no hacer nada”. Si en cambio la escuela fuera el espacio del ocio pensante, el lugar de la recreación del pensamiento y conocimiento donde despierte la curiosidad manteniendo al estudiante atento y activo; probablemente sería más competitiva con las otras formas de distracción de éstos.

Lo que aleja a un joven de los estudios, más allá de los problemas reales de supervivencia, es que la escuela no tiene la misma atracción que tuvo en sus orígenes donde despertaba el interés por conocer el mundo. Una niña o niño que no quiere estudiar, no es porque sea perezoso; generalmente, es porque le ha faltado que alguien le inculque que el estudio puede ser también como un juego donde cada día puede asombrarse y descubrir algo nuevo y, por consiguiente, difícilmente se puede aburrir.

Cuando estudiar es aburrido, algo está fallando y no es responsabilidad de la niña o del niño si lo percibe así. El desafío es para el adulto de poder sacar a luz la parte más talentosa e ingeniosa de esa niña o niño que tiene necesidad de sentirse reconocido en su originalidad y singularidad donde pueda desarrollar al máximo sus propias capacidades.

Entender la educación bajo la perspectiva lúdica del pensamiento puede crear una visión de la escuela que no está formada sólo por la transmisión de contenidos de programas de estudio, tareas, exámenes, alumnos aprobados y no aprobados.

Por esto, la curiosidad no puede morir ya que alimenta la investigación y el aprendizaje que debería ser estimulado para lograr el derecho al conocimiento y la reflexión que son inherentes a la naturaleza humana. Esto abre las puertas a un mundo creativo, un mundo nuevo, porque está hecho por hombres y mujeres pensantes.

 

* Doctora en Psicología Clínica