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Con motivo de su despedida y la presentación de su sucesor, el Representante saliente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Gabriel Di Bella, dijo que había razones para estar alegres por el desempeño de la economía de Nicaragua. ¨Lo que está claro es que el año pasado ha sido un año bueno y que evidentemente el contexto global sigue siendo un contexto complejo, entonces Nicaragua tiene razones para estar alegre porque evidentemente la evolución macroeconómica fue buena¨, dijo al comentar la información que la economía habría crecido el 4% y, quizá, un poco más.

El mismo día, en Panamá, el Representante del FMI para toda la región centroamericana, el español Fernando Delgado, dijo que este año los países de esta región crecerían entre el 3% y el 4%, es decir una cifra similar a la del año pasado, advirtiendo que ello es insuficiente para impactar en una reducción de la pobreza. ¨La región está en una etapa de crecimiento estable, sin grandes riesgos macroeconómicos, dijo, agregando “que el principal riesgo es que el crecimiento es muy bajo como para que se aumente el nivel de servicios públicos, los gastos sociales, para que se mejore la salud, la educación, la infraestructura…..” Obviamente, está la excepción de Panamá, que por varios años ha venido creciendo a tasas superiores al 7% y ha reducido de manera muy importante la pobreza.

Y en tono sentencioso, el alto funcionario del FMI concluyó: “La región está en una situación de crecimiento estable pero estancado; no hay forma de pasar de ahí”.

Se podría, a primera vista, pensar que hay una contradicción entre ambos funcionarios del mismo organismo financiero internacional. Pero no es así. Dejando a un lado la cortesía diplomático que obliga al representante ante un país específico, y con mayor razón estando ante autoridades de ese país, Di Bella estuvo acertado, aunque el calificativo ¨alegre¨ pueda resultar un poco excesivo. En primer lugar, porque siempre cabe pensar que podríamos estar peor, sobre todo sobre el trasfondo de lo que se esperaba del gobierno de Ortega, a quien perseguían los fantasmas de los años ochenta; y en segundo lugar, porque no cabe duda sobre la estabilidad macroeconómica.

Pero también el jefe de Di Bella estuvo en lo correcto, y quizá más, al decir que países como el nuestro estábamos ¨en una situación de crecimiento estable pero estancando¨, y que ¨no hay forma de pasar de ahí¨, mientras no se realicen importantes transformaciones estructurales.

La gran conclusión de la aparente contradicción entre funcionarios del FMI es que no estamos mal, pero podríamos estar mejor. Esta conclusión se corresponde con el sentido común y con lo que revelan las encuestas más recientes, en que una parte importante de la población tiene la percepción de una ligera mejoría en su situación y una expectativa positiva hacia el futuro, aunque a renglón seguido el mismo porcentaje de población no revela mejoría en cuanto a lo que considera el problema fundamental: el empleo, y sobre todo, empleos de calidad, que son la única forma sostenible de salir de la pobreza.

Al respecto, esta misma semana un reportaje periodístico daba cuenta que entre los jóvenes (menores de treinta años) subsiste una gran informalidad o precariedad de empleos, y el 70% indicaba que la educación recibida no les había servido para conseguir buenos empleos.

Aquí está uno de los obstáculos estructurales que de no ser removido nos mantendrá estancados.

Los organismos gremiales del sector privado, centros de pensamiento y organizaciones de la sociedad civil, han señalado el inventario de reformas estructurales que nos permitirían crecer más y mejor.

La gran pregunta es si acaso el gobierno está haciendo lo que se necesita para que estemos mejor. Si por la víspera se saca el día, lo que ha hecho en los últimos seis años no permite ser optimista, pues con la excepción de la importante transformación en la matriz energética, las otras grandes trabas estructurales para crecer más y mejor, permanecen prácticamente inalteradas.

 

* Economista