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¿Ya tiraste la toalla? me preguntó un lector. Más bien, estuve envuelta en la toalla. Y escribí poco. Hace un año me llevé un gran susto. Mi salud “se descompensó”. Quizás fue el círculo vicioso enfermedad-estrés-miedo.

Estaba empacando libros. Ya andaba mal y esperaba respuestas del “Seguro”. Poco a poco fue un dolor intenso; mi amiga Martha terminó la tarea. Después me acompañó al hospital, “aunque vaya tu familia, yo iré”, me dijo. Fue un ángel.

Ya otra amiga me había recomendado a una doctora. Fui. Me escuchó, me creyó y me ayudó. A cambio de casi nada. Me operó el 2 de marzo. El primero fue de estrés al por mayor. Fui a reposar a Estelí. Pasé ocho días con el alma en un hilo, esperando los resultados de la biopsia. ¡Qué días y noches más tristes! Quería amarrarme el cerebro para no pensar. O dormir los ocho días seguidos.

No llamé cuando me indicó. No tenía fuerzas y sí temor. Era el día de la mujer. Pensé cuántas estarían en igual o peor situación. Lamé al día siguiente. “¡Felicidades!, todo salió bien”, me dijo la Doctora Mejía. “No siempre las noticias son buenas. A veces es duro, para la paciente, para la familia y para mí; pero usted salió bien”. Sentí como si fuera una plantita marchita que se levanta con el agua fresca: eso era su voz por el teléfono.

Cuando regresaba para quitarme las puntadas, había un tranque en Sébaco. La gente estaba nerviosa y todos los celulares sonaban. Era un ruido necesario. Supe que unos iban enfermos; otros, a lugares retirados. Y no había pasada. Yo sentía más dolor por el viaje, pero sin proponérmelo, comencé a valorar lo que miraba, incluido el tranque.

Como siempre, llevaba un libro. No leí. Me dediqué a contemplar lo que pasaba por mi vista. Miré lo que nunca había visto, a pesar de tantos años viajando por ahí. Era marzo, los campos están secos, pero yo sabía que pronto estarían verdes. Observaba los animales, los árboles, las casas, los vendedores asoleados y quizás con más problemas. Comencé a dar gracias por todo lo que iba viendo, conociendo y re-conociendo. Por la vida y la salud. Y todo lo que tengo. ¡Qué bondadosa y sabia es la naturaleza, cómo todo renace y las heridas sanan! ¿Por qué temía? Y, a pesar del dolorcito, sentía una gran felicidad, tanto por lo que miraba, como por el hecho mismo de poder verlo. ¿Por qué me preocupé si no soy yo quien organiza mi agenda?

Es terrible pensar que te podés morir. Algún día sucederá, pero siempre queremos posponer ese viaje. Si tenía miedo y sufría al pensarlo, qué duro será para quienes están peor. Y pensé, no cuesta nada pedir también por ellos. Es un gesto humano, como dar gracias por el aire, por el agua, el sol, una sonrisa o la ciencia. Por todo lo que da vida y desvanece el dolor. Es sentir que los demás también sienten.

Un día dije: “no sabía que podía rezar con tanto fervor, de todas las oraciones de mi abuelita Teófila me acordé; eso y las novenas de mi Mamá me ayudaron”. Y me respondió una amiga, yo también recé. Y sí, sé que elevaron sus oraciones. Y los no creyentes me enviaron sus energías y su cariño.

Gracias a mis amistades, a mi familia, a los vecinos que estuvieron pendientes. Gracias por las oraciones, las visitas, los libros, los power point, la música, correos y llamadas. ¡Y qué mensajes, qué sabiduría, qué libros!

Gracias a los médicos y enfermeras. A la doctora María Delma Mejía, que debería llamarse María Angelina. Al Hospital Vivian Pellas; a mi hermana Osdalia por su tiempo y paciencia para curarme. A mi sobrino Harley que con sus pláticas me hizo menos pesados los días de espera.

Gracias al universo por todo lo que nos da. Gracias al Dios de mis padres. Y a ellos que me enseñaron a creer y a valorar la vida. Cualquier vida. Agradezco a todos y todas, y aunque no los mencione aquí, no se borrarán ni de mi mente ni de mi corazón.

 

doraldinazu@gmail.com