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¿Qué motivos habrían tenido los primeros discípulos para inventar historias sobre Jesús? Ellos decían creer en Él por sus milagros y su Resurrección en concordancia con su vida y enseñanzas. ¿Qué ganaron con eso? Sufrir injustas persecuciones y castigos terribles, entonces ¿Por qué tendrían que mentir? En la actualidad grandes eruditos e historiadores no cuestionan la sinceridad de sus testimonios. Louis Gottshchalk, historiador de la Universidad de Chicago refiere que la capacidad y veracidad del escritor o testigo es útil para que el investigador determine la credibilidad bíblica.

¿Podemos tener la certeza que las Escrituras son confiables, sin errores ni discrepancias? Sí, porque la credibilidad histórica de la Biblia debe ser probada con el mismo criterio que se juzgan todos los documentos auténticos. Existe una diferencia entre leerlo como palabra de Dios y como historia. En este caso, cabe preguntarse ¿Estaban los autores en posición de saber lo que escribieron? La autoría de los Evangelios está respaldada por numerosas fuentes del siglo II que estaban en mejor situación para conocer los hechos que cualquiera hoy en día. Se cuenta con diversos cronistas seculares como Tácito, Suetonio, Josefo, Tallo, Plinio y arcaicos escritos judíos contra los cristianos: el Talmud. Los líderes judaicos tendieron a ver al cristianismo como una secta perniciosa y esperaban poder aplastarlo. Algo sencillo de realizar si la “secta” hubiese estado basada en invenciones. A pesar de esto, el cristianismo hizo explosión en un sentido positivo.

Hay quienes acostumbran sostener en base a narraciones antiguas -Flavio Josefo- que el relato de Lucas sobre el nacimiento de Jesús fue inventado, afirmando que Quirino fue gobernador desde el año VI d.C. y no existió evidencia de un levantamiento de censo. Sin embargo, ahora estamos seguros que los censos mencionados eran frecuentes, y el reinado de Quirino fue su segundo mandato, concluyéndose la veracidad del relato. Sabemos que los eruditos aceptan que los autores de los Evangelios utilizaron fuentes orales y escritas. Lucas nos lo dice en el capítulo 1: 1-4 “después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen” o sea que utilizó de lo que pudo disponer, lo cual no disminuye ni contradice su credibilidad.

Además, los Evangelios están llenos de detalles irrelevantes típicos de los relatos de testigos oculares que podemos observar al describir la Resurrección en Juan 20: 1-8 como son: lugar, hora, lienzos, la modestia de Juan o la entrada de la tumba. En absoluto, no hay ninguna razón para incluir esta cantidad de detalles irrelevantes. No contribuyen en nada al desarrollo de la historia, excepto como parte de lo que realmente ocurrió, por eso es que el autor los incluye cuando recuerda los hechos. Y estos no se cuestionan. Lo que se discute es cómo se establecieron los acontecimientos.

C. Sanders, un historiador militar, menciona tres principios básicos de la historiografía: la prueba bibliográfica, la evidencia interna y la externa. Cada una de ellas confirma y establece la inerrancia bíblica en toda su extensión como un examen de la transmisión textual por cuyo medio los documentos llegan a nosotros con esa “capacidad para decir la verdad” muy relacionada con la proximidad del testigo en los eventos registrados tanto geográficos como cronológicos. Esto constituye un recurso de extrema eficacia para certificar la exactitud de lo testificado. Los testigos pueden haber confirmado o negado la fidelidad de los relatos. Ahora bien ¿Qué fuentes secundarias verifican la exacta autenticidad de los Evangelios? Gottschalk manifiesta que “la conformidad o el acuerdo con otros hechos conocidos, históricos o científicos es la prueba decisiva”: Policarpo de Esmirna, discípulo de Juan, testificó la autoría de su evangelio que después corroboró Ireneo de Lyon en el tratado Contra las herejías.

Por lo tanto, si una persona descarta la credibilidad de las Escrituras, debe eliminar también casi toda la literatura de la antigüedad, desvaneciendo del mapa histórico a Akenaton, Julio César, Sócrates, Bonaparte, eso sí, después de haberles comprado un boleto de ida -sin retorno- a través de un absurdo y contradictorio túnel del tiempo.

 

* Médico cirujano