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Cuando muere un escritor que leemos, aceptamos que la muerte tiene en su haber otro talento. Así también descubrimos otra disposición del silencio, esa que cruza por nuestras causas, por honores perdidos por nuestro caos.

En cuestión de sombras se asusta el avispero. Perdimos un lector en nuestros ojos. Perdimos un escritor en nuestro rincón de música. La muerte sabe que necesitamos al escritor vivo escribiendo y contemplando la vida en su inesperada muerte.

No es un secreto que la ciudad perdió un mejor ciudadano. Se siente ya el descontrol del aire; cómo vibra el poeta con su voz acompañada de amaneceres.

Ese otro día no tiene la fuerza de sus escritos. Ahora anda suelto, encarrilado en el fuego de su propio verbo. La campana de una iglesia detiene la lección en su latín acompasado. Todo el amor en el empeño de sus palabras. Toda la paz cuando hablaba de su infancia.

Yo soy el lector que se empina otra cruz para buscar la profundidad de su cuerpo. También el tambor decide su bastardo olor a palabras quemadas. Conviene orientar al lucero para que callen todos los presagios y rondallas. El escritor ha muerto.

 

* Poeta y periodista