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La muerte de Hugo Chávez pone un punto y aparte en la historia reciente de Venezuela. Su desaparición había sido asumida por sus compatriotas tras el espeso y torpe silencio gubernamental que envolvió su reciente regreso de La Habana.

Pero esa circunstancia difícilmente rebajará el impacto dejado por un presidente sui generis que consiguió permanecer en el cargo casi catorce años y ganar sucesivas elecciones con una mezcla de carisma personal, largueza en el uso del dinero del petróleo, retórica populista y habilidad para convencer a muchos de que sus vidas serían mejores gracias a la revolución bolivariana.

Chávez ha tomado durante este tiempo prácticamente cualquier decisión importante en Venezuela, mientras copaba de forma paulatina las instituciones y cualquier palanca del poder, hasta convertir en unipersonal su régimen socialista, campeón indiscutido de los más desfavorecidos y vaciado de cualquier contrapeso democrático.

Este caudillismo sin duda alentará ahora la emergencia de facciones del chavismo, oscurecidas por el brillo del líder. Una de ellas es la encarnada por Nicolás Maduro, sucesor designado, comprometido a ultranza con el catecismo socialista de Chávez. Otra, más nacionalista, la representan destacados militares.

El fallecimiento de Chávez, que internacionalmente deja huérfano al régimen cubano y tocados a otros gobiernos de Latinoamérica con los que compartía crudo y retórica antiimperialista, abre el camino a una nueva elección presidencial. Las urnas, en las que presumiblemente el antagonista de Maduro será el centrista Henrique Capriles, darán la medida de si la revolución bolivariana puede sobrevivir sin su inventor al timón.

Ocupar a bote pronto la memoria de Chávez no será fácil para sus detractores y es más que probable que Maduro se alce con el santo y la limosna en unos comicios bajo el impacto emocional de su enorme huella. Pero los regímenes caudillistas no suelen sobrevivir a sus iconos más allá de lo inmediato.

La desmedida personalidad de Chávez y su inigualable capacidad para conectar con muchos venezolanos le permitieron capear sin cuartearse políticamente los gravísimos problemas de su país. Pero parece más que improbable que su sucesor, el que fuere, concite el apoyo suficiente para hacer tolerables por mucho tiempo a los ciudadanos los enormes desequilibrios económicos, la escasez cotidiana, la extendida corrupción o la violencia urbana rampante que permanecen intactos o agravados tras el largo reinado del presidente desaparecido.

 

Madrid, España