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A pesar de estar demostrado que la guerra dirigida por la OTAN contra el régimen de Gadafy fue la que permitió su derrocamiento y asesinato, muchos analistas insisten en afirmar el carácter endógeno de las rebeliones calificadas como “revoluciones de primavera”.

Han diluido en la confusión a los lectores al afirmar que la población en Siria se encuentra atrapada entre la dictadura y las facciones fundamentalistas islámicas, por tanto urge la intervención militar de occidente, para instaurar un verdadero régimen democrático. El enfoque, que se vislumbra como un aparente error de análisis, no es más que una parte del pastel mediático para ablandar la opinión pública global, y que al final acepte la intervención militar.

En un análisis anterior nos atrevimos a afirmar que la guerra en Siria tiene mucho de los esquemas militares de la Nicaragua de los años ochenta, donde en aras de evitar la intervención directa norteamericana, que hubiera acabado con la revolución sandinista en poco tiempo, tuvo más lógica someterla a una guerra de desgaste de diez años.

Lógicamente, ninguna guerra es igual a otra, pero muchas de las estrategias surgen casi de un mismo manual. Muchos afirman que sin la intervención militar directa de occidente, no se podrá destruir al régimen de Assad. La opinión parece soberbia, pero un análisis de los últimos tres meses señala hacia una sola dirección: propiciar las excusas necesarias para atacarlo con el poderío militar occidental. Por eso muchas de esas excusas son publicadas a diario en los medios.

En diciembre del 2012 la llegada de los misiles tierra-aire “patriots”, que se instalaron en la frontera Turco-Siria, se enfocó como una medida de apoyo por parte de la OTAN para la defensa de Turquía, y no como una zona de exclusión de avanzada, preludio de los preparativos de una intervención militar. Poco a poco, países como Francia, Holanda y Alemania han expresado su voluntad de enviar este tipo de baterías antiaéreas, facilitando así la participación militar compartida occidental en contra de Assad.

En la segunda mitad de ese mismo mes los EU manifestaron su preocupación de que el gobierno sirio hiciera uso de armamento químico. El “temor” era que este tipo de armas cayera en manos de extremistas islámicos; por tanto corresponde a naciones responsables como las occidentales asegurarse de su control y resguardo. Mientras se anunció que la ONU estudiaba la posibilidad de enviar una fuerza de pacificación de 4 mil a 10 mil soldados (¿otra forma de intervención?), el portaviones D.D. Eisenhower se encontraba cerca de las costas sirias con por lo menos 8 mil tropas.

Hay muchas otras acciones, vía medios, de Inglaterra e Israel, donde abiertamente se despeja lo inevitable de la intervención directa en Siria. Los niveles de la coalición se perciben de diversas maneras, sobre todo cuando países vecinos anuncian abiertamente el apoyo económico y militar a los opositores al régimen.

Al cumplirse casi dos años del inicio de la guerra en Siria, donde alrededor de 70 mil ciudadanos han muerto y hay 2 millones y medio refugiados, los EU anunciaron que están listos para otorgarle a la oposición 60 millones de dólares, tal y como lo hicieron con los “Contras” en Nicaragua.

Rusia por su parte recién anunció que su fuerza naval reanudará las tareas de resguardo de su seguridad patrullando desde el Mediterráneo, y que dicha fuerza estará ubicada en el puerto de Tartus en Siria; lo que genera una lectura clara sobre qué tan prolongado podrá ser la guerra en ese país, mientras occidente no intervenga militarmente como lo hizo en Libia.

 

* Msc. Presidente del Centro Regional de Estudios Internacionales (CREI).