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Pensar en este día es recordar a Martha Miriam Tercero, la última victima de femicidio en el municipio de Mateare. Tristeza e impotencia. ¿Cuántas mujeres más deben morir y cuántas de ellas pueden ser nuestras hijas, hermanas, sobrinas, amigas, si no tomamos conciencia de que este es un problema de todos y todas, que no basta con una ley si no hay voluntad para aplicarla como se debe y si seguimos pensando que eso no me puede pasar a mí, que es problema de otros?

Cuando pienso en la raíz de este problema y lo que significa ser mujer en una sociedad con una cultura machista, pienso en mi hija adolescente y las hijas de otras mujeres, las aspiraciones que tenemos: un futuro mejor, que sean independientes, autónomas; que nadie, menos un hombre, las humille y maltrate; en fin, que sean felices.

Pero esas aspiraciones chocan con barreras culturales que legitiman y perpetúan la violencia y que en pleno siglo XXI están presentes: el sexo masculino como una figura de superioridad con poder y dominación sobre las mujeres; que las mujeres tenemos menos valor, que debemos ser sumisas, dependientes; que debemos vivir el amor con resignación, dolor y sufrimiento; ser evaluadas por el cuerpo; que el hombre es sostén de la familia y la mujer cuidadora del hogar, por tanto sobre ella recae toda la carga doméstica y la crianza de los hijos. Todas son expresiones de inequidad que atentan contra la dignidad humana.

Ante esta situación la pregunta es: ¿qué quiero para mi hija? La respuesta es por supuesto algo distinto: nuestras hijas merecen vivir la experiencia de amar y ser amadas, de ser valientes, buscar alternativas, que se vean como personas competentes, tengan un fuerte sentido de valoración personal, es decir que se quieran, se respeten a sí mismas y se reconozcan como personas con derechos; que sean capaces de conocer comportamientos abusivos en sus novios o enamorados; que reconozcan que no es culpable quien recibe violencia sino quien la ejerce; que la violencia es un delito y debe denunciarse.

El reto que tenemos y el mejor regalo que podemos darle a nuestras hijas es amarlas sin condiciones, enseñándoles que son invalorables, únicas, importantes para nosotras, que nadie tiene derecho a maltratarlas, que pueden tomar sus propias decisiones, a ser responsables de sus actos, que tienen derecho a decir NO y a defender esos derechos.

Evitemos comportamientos de obediencia, pasividad y sometimiento, ya que con eso se impide el desarrollo de cualidades como ser fuertes y decididas para enfrentar situaciones difíciles y tener espíritu de superación.

Algo distinto implica educar en la familia con un sentido de equidad. El padre es el hombre más importante en la vida de las hijas, por tanto debe modelar relaciones de respeto hacia las mujeres, enseñarles que los hombres también pueden ser sensibles, tiernos, responsables y colaboradores en el hogar; que no existen diferencias en cómo educar a los hijos y las hijas; que tienen los mismos derechos. La formación de una persona comienza en el presente para una vida mejor.

 

* Socióloga y educadora