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Panchita, mi hermana menor, así le llamaban con cariño en el seno de nuestra familia. Fue la segunda hija de mis octogenarios padres, quienes hoy lamentan su temprana partida de este mundo. Su amor a Dios o Jehová le permitió soportar varios meses –sin eutanasia— una irremediable enfermedad.

La guerra de los años ochenta la obligaron a emigrar con su esposo e hijos a esa tierra de oportunidades que no les ofreció su país, Nicaragua. Allá encontraron trabajo, estabilidad económica y social como miles de nicaragüenses que huyeron de la incertidumbre en un sistema socio político empobrecido.

Ahora me vienen a la memoria aquellos días de infancia y juventud en la Colonia Salvadorita, la primera de una serie de modestos repartos periféricos construidos a inicios de 1960: Maestro Gabriel, Centroamérica, 14 de Septiembre, entre otros que le han dado forma y vida a Managua después del terremoto de 1972.

Compartimos tertulias en los porches de la casa sentados en rústicas mecedoras. Tus juegos de rayuela y jacks o saltando la cuerda. El popular “arriba” escondiéndonos para no ser descubiertos por nuestros pequeños vecinos, las risas espontáneas después de escuchar “chiles” alegres. Las fiestas con tocadiscos en las piñatas al ritmo de Mike Laure y su hanky panky o del Twist de Chubby Checker. Ese único y eterno noviazgo con Chico, su esposo.

Recuerdo cuando fuimos asomarnos hasta el Cine Rex porque de ahí no pasamos cuando Leonel Rugama le respondía a la guardia: ¡Que se rinda tu madre! Mientras tanto, un avión sobrevolaba la zona y varios tanques disparaban sus municiones. Al día siguiente, vimos una casa pasconeada, llena de agujeros de balas y sangre por todos lados mezclados con frijoles cocidos. Eran los primeros años de la insurgencia sandinista.

Nos ha dolido tu despedida. Supe que fuiste valiente antes de partir y aceptaste tu inevitable destino con el amor que Jehová te dio para vivir. Dejaste un gran vacío en nuestros corazones por tu muerte inesperada pero nos hemos resignado sabiendo que estas en las manos de Dios, mi querida hermana, Panchita.

 

* Médico cirujano