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Connotados sicopedagogos y expertos educacionales invierten espacios, tinta y esfuerzos para abordar en artículos extensos el tema de los bajos rendimientos escolares de hoy.

Pero lo hacen con un palabrerío tan academicista y científico que, al no lograr despertar interés, tampoco pueden aportar valiosas enseñanzas prácticas para estudiantes, maestros, padres de familia y otros actores del drama nacional que se pone de relieve cada vez que la UNAN o la UNI, e incluso la UCA, deciden examinar a los nuevos bachilleres, para que sus raquíticas ofertas de cupos con aranceles preferenciales –léase becas del famoso 6 %– sean llenadas por “la creme de la creme” de la cosecha anual de la educación media en cuanto a inteligencia y conocimientos, preponderantemente matemáticos y gramaticales.

El problema no es que la gran mayoría de bachilleres sean incapaces de despejar la incógnita de una ecuación algebraica, o no puedan demostrar un teorema trigonométrico, y que tampoco sepan distinguir las partes morfológicas y funcionales de la oración gramatical, con lo cual tampoco estarían aptos para expresar su pensamiento oral y escrito con interés, claridad y eficacia.

Lo dramático es que tampoco saben señalar los puntos cardinales, ni determinarlos por la posición del sol en una hora determinada del día. Los pocos que supieron memorizar la regla del tamaño de un número fraccionario en relación con otro, sin embargo, no pudieron explicar por qué ¼ es más grande que 1/8, y ni siquiera de donde proviene el valor de “pi” para calcular la superficie de un círculo.

Detesto parafrasear a Jorge Manrique (Coplas a la Muerte de mi Padre) para decir que todo pasado fue mejor, porque pienso que no es cierto.

Pero, ¿por qué mi padre que solamente aprobó tercer grado de primaria en el colegio Salesiano de Granada allá por 1928 (cuando ese colegio era para niños peloncitos y pobres, según la vieja foto en sepia que anduvo suelta en los roperos de mi casa, hasta terminar perdida junto a otros valiosos documentos en medio de los traslados desordenados por guerras y terremotos) fue capaz de enseñarme a dividir entre dos y tres cifras, así como obtener raíces cuadradas y cúbicas, mientras a gritos, amenazas e insultos para forzar mi atención, me ayudaba con las tareas en el comedor de nuestra casa natal?

Eran sesiones traumáticas de llanto y miedo, pero al final, cuando lograba entender y resolver los ejercicios de Aritmética, mi llanto se disipaba en suspiros de admiración y agradecimiento para el hombre aquel que me había abierto las puertas de la mente hacia conocimientos que parecían imposibles.

Yo no digo que el método de mi padre para enseñar matemáticas sea el más correcto en nuestros tiempos, sobre todo cuando la niñez y la juventud están protegidas con tantos derechos que en muchos casos los vuelven irresponsables. Pero estoy de acuerdo con mi ex maestro de Sicología Social Nassare Habed López en que una de las raíces del problema es la falta de eficacia de los educadores para despertar el interés y la motivación de los alumnos.

A eso yo agregaría que faltan mecanismos para imponer disciplina y el rigor entre jóvenes que ni siquiera pueden ser vistos de mala manera, hagan lo que hagan en el aula o los pasillos. Además, los maestros deben distinguir entre los que no entienden las lecciones de primera mano por mucho que se esfuercen, y aquellos que agarran las explicaciones “al vuelo”, para darles tratamiento diferenciado.

También deben despojarse de la petulancia de creer que lo que para él es claro, también lo es para sus alumnos, y dejar de actuar como los actuales técnicos en informática, que desdeñan nuestras preguntas, y explican los procedimientos con tal velocidad que no hay ni tiempo para apuntar, y uno siempre termina quedándose lejos.

En conclusión, la calidad de la enseñanza no puede lograrse nunca sin paciencia, humildad, motivación, rigor y disciplina por parte del binomio educativo. Termino dedicando un recuerdo agradecido para los únicos maestros que lograron enseñarme algunas cosas de Matemáticas que todavía me sirven cuando el día de mi vida va por las cinco de la tarde. Uno es mi maestro de sexto grado en el colegio Dulce Nombre de Jesús en León, el médico acoyapino José Dolores Hernández Sequeira, quien siempre tuvo el cuidado de decirnos para qué servía en la vida práctica cada tema de Aritmética que iba a enseñarnos.

Otro es el doctor en Matemáticas Armando Rodríguez Serrano quien, en la Escuela Normal de Varones de Jinotepe, era un Job de paciencia para no pasar al siguiente tema hasta que todos hubiéramos entendido el anterior, y además de sus claras explicaciones adaptadas a nuestro lenguaje y manera de pensar, era un mago en el manejo de la pizarra, para ir dejando escritos antecedentes de los pasos anteriores y que pudiéramos volver a ellos los más “cerraditos de cabeza”.

Eso sí, era implacable con las calificaciones, y jamás le regaló una nota a nadie. Jugábamos billar la noche anterior al examen del lunes y entre mesa y mesa nos decía: “Los que no estén preparados váyanse a estudiar, que mañana no habrá piedad para nadie”. Y al final, solamente se quedaba jugando con uno de los estudiantes, que no era yo, por supuesto.

 

* El autor fue maestro de Educación Primaria, periodista, editor y cofundador de El Nuevo Diario