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Por medio de la observación, el ojo humano coge in fraganti a la vida. Tan es así, que no existe pisada quejumbrosa que no descubra, ni ruido impertinente que se inmiscuya en los aposentos del amor controlado.

El ojo humano palpa y decide en los vecindarios. Es sentencia y no es juez. Maestro excéntrico y operador político entre la riqueza y la miseria.

Hay instantes en que esa rara aproximación de la intuición hace lo imposible por preservar el derecho a tener un momento placentero, sin menoscabo de la búsqueda frenética de la estabilidad.

A estas rápidas escenas se suman desilusiones, odios, egoísmos y, por qué no, desenfados por lo que nos tocó vivir o una refinada irreverencia que nos hace sentir holgados, en la disléxica realidad de este siglo anoréxico y funesto.

El ojo humano es libre y austero. La observación es libre, pero no se compromete; algo así como que tiene derechos pero no es responsable. Entre ambos aúlla el lobo.

Caperucita roja es un maniquí desnudo. El ojo exige recompensa. La observación una sutil corrección.

Entre tú y yo, una mirada que no renuncia al rescate. El ojo se cuida de mi vejez y habla.

 

* Poeta y periodista