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La historia de la humanidad ha comprobado –aunque para esto hayan transcurrido cruzadas sangrientas, guerras civiles innecesarias y revoluciones sociales– que no hay poderes infalibles ni personas infalibles; que en el mundo no hay personas imprescindibles, sólo personas coyunturalmente necesarias.

Esto lo demostró Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, luego de anunciar su dimisión al trono de Pedro. Quién iba a pensarlo. El genuino Defensor del Santo Oficio, el Inquisidor por antonomasia, el defensor de la Fe y el Dogma, uno de los escritores más brillantes del catolicismo oficial, no tuvo las fuerzas suficientes para enderezar la nave vaticana y consideró necesario dejarla en piloto automático mientras se elige un nuevo Papa.

Las preguntas pululan en el ambiente vaticano y extramuros. ¿Cuál fue la principal causa de su abrupta e inesperada renuncia? ¿Hubo presiones en el Colegio Cardenalicio para que renunciara al papado, o al final, abatido por los escándalos de corrupción y doble moral en el Vaticano, y quizás abandonado por el Espíritu Santo, decidió rendir su trono ante los desafíos que se encontraba?

Antes de analizar la decisión controversial de Ratzinger, confieso que no soy una persona versada en los asuntos del Vaticano y menos en los temas del catolicismo. Soy un católico apático que por razones que aún no logro comprender, he sido escéptico con los mitos y los protocolos y toda la parafernalia que ha rodeado a la Iglesia Católica y sus Papas desde que tengo uso de razón.

Pero tomando en cuenta que la renuncia del Papa es un hecho casi inédito en la historia del catolicismo, vale la pena especular sobre un tema que importa a millones de personas en el mundo.

La decisión de Ratzinger es sabia y abre una etapa de transición interesante para la Iglesia Católica. El primer mito que se destruye es que no todos los Papas, por su posición de jefes de la iglesia, son asistidos por el Espíritu Santo, por tanto no todas las decisiones que se toman en el Vaticano llevan el aval del Paráclito. ¿Qué significa esto? Que no todo es santo ni agradable a los ojos de Dios, como pretenden hacernos creer algunos Cardenales y líderes oficiales del catolicismo; que la pederastia, el abuso sexual, la hipocresía religiosa y la corrupción financiera son pecados abominables que no pueden seguirse escondiendo y postergando para debates de capilla.

También en el Vaticano, igual que en los demás Estados del planeta, se cuecen habas, hay intrigas, hay sotanas escondiendo puñales, hay altares donde se idolatra el dinero, hay hipocresía y cobardía por parte de la jerarquía para enfrentar los temores, y los verdaderos promotores del evangelio han quedado para redactar devocionales, misales y proyectos de encíclicas papales.

Y aclaro, digo jerarquía y no feligresía, porque los líderes son una cosa y la iglesia somos todos los que profesamos la religión católica, y estamos conscientes de que el Vaticano es un espejo del mundo, y como tal, es un reflejo de las intrigas, pugnas, peleas por el poder e intereses económicos entre grupos de influencia. El Vaticano no es la sacrosanta capilla donde el Espíritu Santo opera con absoluta confianza. Es un lugar donde a veces, por horas o días, el diablo se mueve con sotanas prestadas, ahuyentando todo lo sagrado y espiritual para sumergirse en los negocios mundanos de esta institución milenaria.

Por eso digo que la dimisión de Ratzinger es inteligente y discreta. El no tiene ni las fuerzas físicas ni espirituales necesarias para liderar una revolución que limpie de corrupción e inmoralidad las entrañas del Vaticano. Está viejo y no quiere terminar de manera tortuosa una carrera que comenzó exitosa en el plano intelectual, escribiendo libros, defendiendo la doctrina de la Fe, puliendo dogmas y enmendando entuertos históricos. Tampoco desea morir envenenado a manos de algunos colegas o socios foráneos por pretender anular dogmas y revisar encíclicas que acercarían a la jerarquía con sus fieles y salvarían a la iglesia católica de la crisis que atraviesa.

Ratzinger está consciente de que es necesaria una renovación en la Jerarquía, pero por su misma trayectoria; está consciente de que él no es el más indicado para liderar este proceso. Si Ratzinger se hubiera quedado liderando la renovación, se estuviera traicionando a sí mismo.

Por eso el nuevo Papa, italiano sin lugar a dudas, tendrá una papa caliente en sus manos. O renueva la iglesia, o la deja intacta, navegando en una doble moral hasta que el Espíritu Santo encuentre un Papa que promueva la ansiada comunión de Cristo con su iglesia. No hay duda que ahora sí el Paráclito necesita ayuda.

 

* Periodista y escritor