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“Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces

que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas”.

Oscar Wilde

 

La comicidad pretende mostrar el lado ridículo de la realidad. En cierto sentido, lo absurdo resulta cómico, cuando es un acto fallido del inconsciente. Podría, en alguna medida, reflejar el signo contrario de una tragedia, si la misma se percibe, contradictoriamente, fuera de la naturaleza.

Nicolás Maduro, un hombre con muy baja formación cultural, que, por desgracia, cree en la invocación de fuerzas sobrenaturales para que decidan el destino humano, está llamado, muy probablemente, a desempeñar un rol dirigente en la quinta economía de América Latina.

En el fondo, Maduro, habituado a tratar con ligereza los problemas graves, produce una comicidad, que podríamos llamar burocrática, cuando, por ejemplo, ensalza a Chávez en demasía, haciendo, sin querer, una caricatura servil de sus rasgos, en un contexto ridículo. Y con la misma facilidad, trata con gravedad asuntos insignificantes. De manera, que Maduro se desliza, sin proponérselo, pasando sobre una realidad dramática, desde un extremo al otro de la bufonería.

Como si fuese una broma, Maduro, a diferencia del universo ético trazado por Dante en la Divina Comedia, cree que en el otro mundo se repite la comedia humana. E imagina abiertamente que a los caudillos y burócratas les corresponde un rol similar, decisivo, en el más allá, con una intervención más amplia, todavía, sobre las cosas del más acá.

Así, cuenta Maduro a sus seguidores, en la televisión oficial, la segura intervención de Chávez en la reciente elección del nuevo Papa:

“Nosotros sabemos que nuestro comandante ascendió hasta esas alturas (el cielo), está frente a frente a Cristo. Alguna cosa influyó para que se convoque a un Papa sudamericano, alguna mano nueva llegó y Cristo le dijo: llegó la hora de América del Sur. Así nos parece”, concluyó Maduro.

Luego, puesto en el camino en que la demagogia cruza la línea de la mitología, Maduro añadió:

“En cualquier momento (Chávez) convoca una constituyente en el cielo para cambiar la Iglesia en el mundo y que sea el pueblo, el puro pueblo de Cristo el que gobierne el mundo”.

Maduro y sus seguidores rieron. No era, sin embargo, un chiste irreverente respecto a su comandante muerto, como nos podría parecer al resto. Es una comicidad infantil, que parte del mismo principio de credulidad ingenua. Maduro, propenso a creer en ritos para atraer la influencia de fuerzas sobrenaturales, expresa un pensamiento pueril, que naturalmente supone que un mesías es un caudillo apegado eternamente al mando supremo, por lo cual, desde el más allá puede forzar el resultado de las elecciones en el Vaticano y, con mayor facilidad, de las elecciones en Venezuela también.

 

* Ingeniero eléctrico