Alberto Alemán
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La crisis en desarrollo en la península coreana permite sacar dos conclusiones importantes.

Una es que la dictadura familiar comunista que gobierna Corea del Norte, el último estado estalinista de mundo, sigue considerando que el chantaje nuclear es la única garantía de su supervivencia, pese al fracaso económico y el atraso en que ha sumido al país.

La otra es que China, el gran benefactor y sin cuya ayuda el régimen de la dinastía Kim simplemente no existiría ya, ha modificado parcialmente su posición, acepta la idea de apretarle las tuercas y está enviando un mensaje de desaprobación a las actuaciones temerarias del fogoso nuevo líder, Kim Jong-un.

Una nueva resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, la 2094, que endurece las sanciones a Pyongyang por su test nuclear de hace un mes, aprobada el 7 de marzo pasado, no habría sido posible sin el visto bueno de China y de Rusia (miembros permanentes del Consejo) que en ocasiones anteriores se han opuesto a sanciones.

Una prueba clara del rol clave que juega la República Popular China, RPC, es el hecho de que el nuevo paquete de sanciones fue negociado en tres semanas entre la embajadora de Estados Unidos en la ONU, Susan Rice, y el embajador chino, Li Baodong.

Es evidente que las potencias y una buena parte de la comunidad internacional, están en contra de que Corea del Norte posea sistemas de armamento nuclear por los peligros que eso significa.

Los 193 estados miembros de la ONU deberán ahora “congelar o bloquear” activos financieros norcoreanos que puedan estar relacionados con los programas de misiles balísticos y nuclear de la nación comunista.

“Las nuevas medidas financieras están dirigidas a poner fin a transferencias de dinero y a restringir la red financiera de los bancos norcoreanos envueltos en las actividades ilícitas”, escriben Victor Cha y Ellen Kim, expertos del Center for International & Strategic Studies (CSIS).

Las medidas aprobadas mandan la vigilancia global de los diplomáticos del régimen si hay sospechas de que sus movimientos están relacionados con el desarrollo armamentista; amplían la lista de altos funcionarios y de empresas cuyos bienes en el exterior son congelados o a los cuales se someterá a una prohibición internacional de viajes. También se prohíbe la adquisición de ciertos artículos de lujo.

Y por si fuera poco, se obliga a inspecciones obligatorias de barcos norcoreanos o de embarcaciones dirigidas a los puertos de ese país que puedan llevar cargas sospechosas, una concesión notoria de parte de Pekín y Moscú.

Tras la votación de la resolución, el embajador Li dijo que era “un importante paso adelante” y llamó a retomar el diálogo. La RPC favorece el mecanismo de 6 partes (las dos Coreas, China, EE.UU., Rusia y Japón), usado ya hace una década para llegar a un acuerdo que supondría el desmantelamiento del programa norcoreano a cambio de ayuda internacional, pero que Pyongyang mismo violó.

Como ha acostumbrado en otras ocasiones, el gobierno comunista reaccionó con una retórica agresiva e incendiaria, llegando a amenazar a EE.UU. con “un ataque preventivo” y convertir Washington en “un mar de fuego”. Una bravuconada, puesto que no posee un misil capaz de alcanzar territorio estadounidense.

Desde luego, amenaza ahora a Corea del Sur con una guerra y hasta denunció unilateralmente el armisticio de 1953 que puso fin a la Guerra de Corea sin consultar a China, según confían fuentes diplomáticas.

“Ni en los tiempos de la Guerra Fría la URSS llegó a amenazar a EE.UU con desatar un mar de fuego, es ridículo”, me comentó una fuente del gobierno surcoreano, el cual descarta por ahora un diálogo.

El comportamiento de Kim Jong-un es paradójico: llevando las cosas al extremo con su chantaje nuclear, cree poder alargar la vida de su dictadura. Pero a la vez, un conflicto militar (aunque poco probable) significaría casi seguramente el fin del régimen.

Desde Seúl, donde una nueva presidenta está formando su gabinete, se ven motivos políticos internos con la nueva crisis: manipular el patriotismo, revivir los ánimos revolucionarios (¡menuda tarea en un régimen de 60 años!) y cohesionar a millones de ciudadanos en torno a su joven e impulsivo líder en un país azotado por la pobreza y la escasez general.

El rechazo a una Norcorea nuclear es mayoritario. Estados Unidos es partidario de una posición dura, junto a Japón.

China, por intereses geoestratégicos, prefiere que el régimen comunista no colapse, pues una península dividida mejora su situación de seguridad. También teme la pesadilla de un flujo de millones de refugiados huyendo ante una anarquía. Sin embargo, dado su papel de protector y único aliado de peso, tiene la llave de un acuerdo satisfactorio para todas las partes.

 

* Analista de asuntos Asia-Pacífico