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Casi siempre en los manuales de historia encontramos una infinita cantidad de definiciones de lo que es la ciencia histórica, y por lo general los historiadores, después de largas disertaciones, tratan de explicar la función social de la historia con tanto apasionamiento como que no estuvieran convencidos de su importancia.

Entre las frases más celebres que he encontrado y que se suelen citar para demostrar erudición, se encuentra la de Marco Tulio Cicerón: “La historia es maestra de la vida”. Otra célebre cita que encontramos usualmente en los artículos periodísticos es la de Ortega y Gasset: “Quienes no recuerden el pasado están condenados a repetirlo”; no menos famosa es la de Polibio: “El saber histórico prepara para el gobierno de los estados”; o la de Eneas Silvio: “Las historias nos muestran cómo los hombres viciosos acaban mal y a los buenos le va bien”, y la de Nicolás Maquiavelo: “Los historiadores refieren con detalle ciertos acontecimientos para que la posteridad pueda aprovecharlos como ejemplos en idénticas circunstancias”.

Sin embargo, estas frases, por muy certeras y sabias que son, revelan solo parcialmente la importancia de la historia y su función social. La historia, en el sentido propio, se refiere a todo el pasado que, directa o indirectamente, incide y afecta al hombre como sujeto agente o paciente; y el objeto y la función del conocimiento de la historia es el hombre y las comunidades de ayer por él formadas.

El estudio del pasado aspira a alcanzar un conocimiento cierto y descubrir lo ocurrido realmente y no lo que no ocurrió. En palabras de Henri-Irenée Marrou la historia es “aprehender el pasado del hombre en su totalidad, en toda su complejidad y su entera riqueza”.

Asimismo, una definición interesante es la de Johan Huizinga, para quien “la historia como actividad del espíritu consiste en dar forma al pasado. Una forma espiritual para comprender el mundo dentro de ella, como lo son también las filosofías, la literatura, el derecho, las ciencias naturales. La historia se distingue de estas otras formas del espíritu en que se proyecta sobre el pasado y solamente sobre el pasado. Pretender comprender el mundo en el pasado y a través de él”.

No obstante, el historiador no solo “cuenta” o narra el pasado mediante la consignación de unos hechos en mutua relación, sino que busca explicar sus causas, el por qué. Para explicar los hechos el historiador los sitúa en sus circunstancias y, lo más interesante: no son los fenómenos colectivos por sí mismos, ni los socioeconómicos, sino el propio hombre del ayer, su conciencia, su sociabilidad, sus ideas, valores, aspiraciones, conducta y obras. Encontrar las relaciones permanentes que ligan entre sí los fenómenos históricos. Se requiere una integración lógica acorde con la realidad objetiva de los distintos elementos de conocimiento e interpretación.

La aspiración del historiador es captar lo máximo posible del pasado, para esto un elemento básico es el múltiple diálogo personal individuo-comunidad en la multiplicidad y complejidad de las relaciones humanas.

Según Federico Suárez, lo que identifica a la ciencia histórica de las demás ciencias son tres preceptos: “hechos verdaderos, pertenecientes al pasado, de cierta relevancia”. Y la tarea del historiador: “volver a encontrar a los hombres que han vivido los hechos y a los que, más tarde, se alojaron en ellos para interpretarlos en cada caso”.

La función de la historia está determinada por el contexto social y su operatividad en la dinámica de la sociedad. La historia es socialmente operante en la medida en que responde a los requerimientos sociales o satisface necesidades de determinados grupos, sectores o clases sociales. Generalmente, las demandas o necesidades cuya satisfacción se exige son de tipo simbólico y remiten o forman parte del imaginario social, a través de creencias compartidas, ideales, mitos, fantasías, utopías, símbolos, valores, prejuicios y sus matrices de dosificación correspondientes.

El conocimiento de la realidad que produce la historia constituye un complejo y sutil proceso de desvelamiento y/u ocultación del imaginario social, o sea, es una forma de simbolización semi-consciente de lo real, compartida por una colectividad dada en un tiempo o espacio delimitado.

 

* Doctor en Derecho e historiador