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En todo el mundo, las empresas mineras gozan del apoyo oficial, comprando funcionarios gubernamentales civiles y militares. En su novela “Germinal”, Emilio Zolá relata, de la vida real, el triste fin de las huelgas mineras de Aubin, Ricamarie y Creusot, en la Francia post–revolucionaria, 1882:

“Los mineros eran víctimas de una explotación que se acrecentaba cada día; constantemente se les disminuía el salario. La situación se volvió tensa entre la Dirección y los obreros. Pronto estalló la huelga. La Compañía espera pacientemente que el hambre, su mejor aliado, devuelva a los pozos a los obreros, humildes y resignados. Poco a poco, bajo la amenaza, las provocaciones y el aguijón del hambre que se clava en los estómagos de las mujeres y niños, los obreros después de clamar, en una patética escena: ¡pan, pan!, se exasperan y recurren a la violencia. En una hora de cólera, los pozos son devastados, rotas las maquinarias, cortados los cables, vaciadas las calderas. Solamente cuando aparecen los soldados y los fusiles abren una brecha sangrienta en las filas de los obreros, la masa se detiene. Al cesar el tiroteo hay en tierra 14 muertos y 25 heridos. Los obreros vuelven a su servidumbre secular. La huelga no ha cambiado nada”.

En Chile, país eminentemente minero, durante las huelgas mineras de 1890, que se extendieron por 14 ciudades, Darío, calificado por una escritora francesa como “chantre” (cantor) de la clase alta, envió a “La Nación” de Buenos Aires, una corresponsalía titulada: “La obra del populacho”, condenando a los huelguistas y sus actos destructivos.

Darío, en su incurable ambivalencia, en su artículo “Los miserables”, del libro “Crónica política”, describe con colores vivos la ralea de delincuentes que integran las mafias mineras: “Otra gran causa de que exista el vagabundo obrero, son las detenciones de los trabajos mineros. Las minas se encuentran en manos de unos cuantos capitalistas, y éstos las manejan a su antojo. Hace algunos años, muchos individuos que representaban juntos una suma de 100 millones de dólares, se reunieron para acordar la suspensión de los trabajos mineros, con el fin de alzar el precio del carbón. El resultado fue que miles de mineros se vieron de repente sin trabajo, mientras que aquellos individuos se ganaban una suma de 8 millones de dólares a causa del alza”.

Durante la dictadura, el abogado de las mineras era un prominente somocista, el Dr. Mariano Argüello Vargas, Presidente del Senado. Así fortalecían su seguridad.

Desde el 16 de febrero, Santo Domingo, Chontales, se ha visto convulsionado por lo que es ya harto del conocimiento público. Según declaraciones del alcalde, mil trescientos antimotines reprimieron brutalmente a los huelguistas. Los prisioneros, según las indignantes imágenes que nos presentó la TV, violando las ordenanzas de la Constitución, la Ley 228 de la Policía y el Código Procesal Penal, fueron golpeados y pateados. El agravante de estas acciones es que suceden en un gobierno “socialista, cristiano y solidario”. Solidaridad, según parece, consistente en defender los intereses de una empresa foránea, en un país que se precia de ser “libre, soberano e independiente”

Un antimotín es un infortunado hijo del pueblo que se mete a policía impelido por la pobreza, a devengar un infamante sueldo. Lo arman de un garrote, y lo lanzan cual enfurecido lebrel, a garrotear a sus hermanos de clase, en defensa de intereses que no son suyos.

Ya que son muchos los prohombres que permanecen mudos e insensibles ante el dolor ajeno, creo oportuno citar estos versitos de la uruguaya Idea Vilariño: “Siempre habrá alguna bota sobre el sueño efímero del hombre, una bota de fuerza y sinrazón, pronta a golpear, dispuesta a ensangrentarse, cada vez que los hombres se incorporan, cada vez que reclaman lo que es suyo, o que buscan ser hombres solamente”.

Durante la graduación de unos reclutas en Potsdam, el Káiser les dijo: “Debido a las maquinaciones de los socialistas, os veréis obligados a disparar contra vuestros padres, contra vuestros hermanos. Quiera Dios que no suceda, pero en tal caso, tendréis que obedecer ciegamente mis órdenes”. La obediencia ciega sigue imperando ahora como antes.

Cuando se ha ofendido a un hombre, se ofende a una familia; cuando se ofende a muchas familias, se habrá ofendido a un pueblo entero.

 

* Escritor autodidacta