Éste es el tercero y último de una serie de artículos que resume el libro “Breve Historia del Cerebro” de Julio González Álvarez.
En la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI ha habido varios desarrollos tecnológicos que permiten estudiar en detalle el funcionamiento del cerebro de una manera que hasta hace poco era inimaginable.
Ahora se puede ver el cerebro en tres dimensiones con la tomografía axial computarizada (TAC), se puede dar seguimiento a su actividad bioeléctrica con una gran precisión temporal (de milisegundos) con la técnica ERP (event-related potential; potenciales evocados), la magneto-encefalografía proporciona imágenes de extraordinaria resolución espacial y temporal, las tomografías PET (Positrón Emission Tomography; tomografía por emisión de positrones) ofrece una imagen de la actividad cerebral en un momento determinado precisando qué partes del cerebro se activan ante ciertos estímulos y la FMRI (Functional Magnetic Resonance Imaging; imágenes por resonancia magnética funcional) proporciona información sobre la actividad cerebral que acompaña a las funciones psíquicas.
La resonancia magnética es un ejemplo de desarrollos tecnológicos de gran utilidad para la humanidad, que se derivan de la investigación básica de la ciencia; en este caso, esta herramienta surgió de los experimentos en grandes aceleradores de partículas utilizados por la física experimental que busca encontrar respuestas a los interrogantes sobre los fundamentos teóricos del universo.
Todas estas técnicas han incrementado exponencialmente el número de estudios sobre los procesos cognitivos y emocionales. Con ellas se ha determinado, por ejemplo, que al escuchar las palabras “verde” o “rojo” se activan las zonas cerebrales correspondientes a la percepción del color y que al escuchar las palabras “canela” o “ajo” se activan las del olor. Si se escucha “patear” se activan las representaciones motoras y sensoriales de los pies. Si se lee “besar” o “silbar” se activan las áreas correspondientes a los labios o la cara.
Esto demuestra que la información motora y sensorial está entretejida con la información fonológica de las palabras. En general, se encuentra que además de activarse las áreas que tradicionalmente se han asociado a cualquier función o proceso, también se activan de forma coordinada otras zonas distintas y distantes. El cerebro muestra en cada operación mental, por simple que sea, una extraordinaria unidad funcional.
Se espera que a corto plazo progresen grandemente las reparaciones de lesiones medulares y la comunicación del cerebro con dispositivos mecánicos de control motor como brazos y piernas artificiales, etc. Las elucubraciones filosóficas deberán avenirse a la evidencia que estas técnicas proporcionan; las que no lo hagan quedarán obsoletas. Lo mismo ocurrió con la teoría de la relatividad y con la física cuántica o indeterminada: volvieron obsoletas algunas ideas filosóficas.
Lo más difícil de discernir será la manera en la que el funcionamiento del cerebro genera la mente consciente. En ese sentido estamos, frente al funcionamiento del cerebro, como una persona de la edad media estaría frente a un televisor funcionando: comprendería los efectos producidos por ciertas actividades (como apretar algunos botones) pero tendría que esperar el advenimiento de la teoría electrónica de la materia para entender su funcionamiento.
La gran mayoría de los expertos en neurociencia descarta la noción de la dualidad cuerpo-mente; para ellos, sin el cerebro no hay mente. Uno de los más prestigiosos neurocientíficos de la actualidad, Antonio Damasio, intituló uno de sus libros “El Error de Descartes” en alusión a la dualidad cuerpo-mente que Descartes defendía. Sin embargo, esta visión no es unánime; algunos especialistas no descartan dicha dualidad.
El tema del “yo consciente” es misterioso y no se sabe cuán cerca o lejos estamos de poder comprenderlo.
* Ingeniero y músico