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Sin saber que existía Hugo Rafael, recién fallecido prócer de Venezuela y de la unidad latinoamericana, había conocido en Nicaragua a otros que llevaban su apellido, y también eran protagonistas de acciones y palabras espectaculares. Uno era Agustín “Chutín” Chávez, de Nandaime.

Ocurrente, desbocado, poco ilustrado y audaz, sus originales expresiones causaban alegre risa, pero eran por lo general acertadas y llenas de sabiduría popular. En una ciudad antisandinista como era la suya, “Chutín” Chávez se ganó el corazón de la gente, y hace dos períodos, como candidato del FSLN, subió a la silla del alcalde por la fuerza arrolladora de los votos.

Hace cinco décadas conocí también al circense y payaso salvadoreño Salvador Chávez, “Firuliche”, quien desde su circo itinerante revolucionó los moldes timoratos del humor popular nicaragüense a lo largo de los años 40, 50 y 60 del siglo pasado. “Firuliche” peleó con más de algún curita pueblerino y convirtió en personaje de leyenda a su famoso burro “Torcuato”, el que arrastraba una respetable “come tierra” por el ruedo a la hora de la función.

Durante el día, el susodicho jumento “de cinco patas” despertaba el morbo curioso de las doncellas que reían maliciosas y corrían cuando, con cualquier pretexto, y pese a la prohibición del cura y de los consejos de las abuelas, pasaban junto al campamento del circo para ver a “Torcuato”. Era un detalle calculado por el humor de “Firuliche”.

Pero entre ellos conocí a otro Chávez cuyo nombre –Lisímaco– llegó a ser sinónimo de loco en el lenguaje popular nicaragüense. Desenfadado al hablar, como los otros dos personajes del mismo apellido, Lisímaco secuestró hace medio siglo a la pequeña imagen de Santo Domingo de Guzmán, el patrono de Managua, cuando un arzobispo quiso interrumpir su peregrinaje anual del primero al diez de agosto, entre Las Sierritas y Managua.

Lisímaco fue zapatero, cantinero y tradicionalista en las fiestas de Santo Domingo, donde se inventó el título de “torólogo”, y formuló la famosa chicha “de las siete quebradas”, la cual –según él– batía con fermento de maíz molido, azúcar y colorante, en el enjuague de su cuerpo desnudo.

Así, cuando empezó a perfilarse la figura de Hugo Rafael Chávez Frías, con un estilo espectacular desde su fallido golpe de estado en 1992 hasta su ascenso al poder en 1998 por los votos abrumadores del pueblo y los discursos encendidos contra sus detractores y por su revolución bolivariana y latinoamericanista, yo ingenuamente pensé que se trataba de “un Chávez más”, es decir, otro loco, sólo que ahora en otro país, y asaltando arrollador las alturas del poder.

Pero qué va. Y empecé a convencerme cuando su pueblo lo rescató del golpe de estado que quisieron darle en 2002. Aquel vendedorcito de golosinas apodado “arañero” en su pueblo de Sabaneta (arañas son allá nuestros dulces de piñonate), que lloró cuando pensó que no podría entrar al primer grado de primaria por falta de zapatos, y que soñó con ser pintor y beisbolero antes de terminar aprendiendo disciplina y bolivarianismo en la academia de Caracas, era en realidad un loco divino que habría de trascender a la historia de su país, de América, del mundo, y al corazón de los pueblos.

Repartió programas sociales o “misiones”, con la riqueza petrolera que oligarcas y transnacionales robaron durante casi un siglo, y no sólo respaldó a los países pobres del vecindario latino, sino que salvó del frío invernal a los negros e hispanos pobres del distrito neoyorquino del Bronx.

Aquí nunca olvidaremos a Chávez en la carretera Boaco-Río Blanco durante el gobierno de Alemán, y el hecho de que no esperó el ascenso de un gobierno como el suyo para mandarnos sus barriles de bunker y sus plantas térmicas a través de las alcaldías municipales.

Su rayo petrolero de luz acabó con la oscura noche de apagones neoliberales en Nicaragua, su ternura iluminó a un bebé del mercado Oriental, y su alegre diálogo con las vende frutas del semáforo de La Robelo, en carretera norte, demostró que el pueblo reconoce por instinto a los suyos.

Lástima que nunca pude ver a Hugo Chávez ni siquiera de lejos. Pero siento su presencia en la electricidad que nos permite escribir de madrugada, y calentar el cafecito que nos ayuda a seguir pariendo ideas a las seis de la mañana.

El próximo Domingo de Pascua, su pueblo lo hará resucitar en los cómputos electorales repletos de votos. Así sea.

 

* El autor es periodista, ex editor y cofundador de El Nuevo Diario