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Cumpliendo la tradición ancestral de elegir a un nuevo Papa, la chimenea del Vaticano exhaló humo blanco. Francisco es el nuevo Papa de origen argentino y miembro de la Compañía de Jesús. Lo que no ha sido costumbre ni rutinaria es la escogencia de un Papa latinoamericano además proveniente de la orden de los jesuitas.

Esos sacerdotes guerreros de la fe católica, impregnados de excelencia intelectual y misionera, con una enorme autoridad en la educación de América Latina. Una historia colmada de notables conquistas educativas entre criollos e indios.

Fundamentales en el proceso constitutivo del paradigma educativo eclesiástico-colonial en el Nuevo Mundo, expresado en su pedagogía de la evangelización hasta su expulsión de los imperios coloniales -Francia, Portugal y España- a mediados del siglo XVIII. Su pecado: un juramento de obediencia y fidelidad al Papa.

En 1767, el virrey Manuel de Amat cumplió una orden real -reforma borbónica de Carlos III- que indicaba el destierro indefinido de los jesuitas. Eran los intrusos indeseables de las monarquías católicas europeas, hermanas del despotismo ilustrado regentadas por dictadores benevolentes: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Una oración parafraseada en sentido positivo por los jacobinos de la Revolución Francesa y Abraham Lincoln: “todo por el pueblo y para el pueblo”.

Considerados desde esa época -en donde la Iglesia decidía mientras que el Estado gobernaba- una especie de extrema izquierda colonial inmortalizada en el filme La Misión, donde indígenas guaraníes del Paraguay y misioneros jesuitas fueron aislados por gran parte del episcopado y masacrados por la Corona española. Esta reminiscencia hoy no es extraña, Álvaro Baeza dice que “ETA nació en un seminario.”

Después del ocaso de las misiones los jesuitas se dieron a la tarea de —con su calidad intelectual y precisa organización— controlar y aglutinar amplios resortes del entramado socioeconómico de la Hispanidad a través de la educación selectiva – en colegios y universidades de prestigio- de miembros de la sociedad con futura influencia en la economía sociopolítica del subcontinente.

Heredero de esta historia, el nuevo Papa Francisco, fue elegido por un catolicismo clerical desgastado por el lastre inmoral de sacerdotes pedófilos y el implacable avance del pentecostalismo evangélico en Latino América –con la esperanza de renovar el catolicismo— que los mantiene perturbados. Al margen de estas embarazosas dificultades, existen grandes sospechas, algunas rodeadas de una aureola conspirativa, sobre el papel controlador del Vaticano y el Nuevo Orden Mundial.

Un antiguo obispo de Guatemala, Gerard Bouffard, afirma en su libro El manto secreto, que los jesuitas controlan el Vaticano a través del Papa negro. ¿Quién es este personaje? Oficialmente se trata del Prepósito General de la Compañía de Jesús: padre, jefe y cabeza de la orden con gran influencia en la Santa Sede.

El conocimiento de primera mano del ex obispo vaticanista Bouffard revela el acecho del mal dentro de la jerarquía Vaticana y la Orden Jesuita: “la gente no puede imaginarse el mal que han hecho bajo la cubierta perfecta -camaleónica- detrás de sus sotanas negras profesando ser hombres de Dios infiltrando otras religiones y gobiernos del mundo para producir un gobierno mundial fascista y una religión mundial basada en Satanás”.

Una grave acusación que nos hace recordar la suspicaz frase del Papa Francisco a los cardenales: “Que Dios les perdone por lo que habéis hecho”.

 

* Médico cirujano